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Lagarde, el 'búho' que pilotó durante dos décadas las finanzas mundiales sin estar predestinada a ello

Por El País — Economía · 30 de octubre de 2026 · 6 min
Lagarde, el 'búho' que pilotó durante dos décadas las finanzas mundiales sin estar predestinada a ello

Tras guiar al BCE en una de las etapas más convulsas de su historia, la aún presidenta busca inspirar a otras mujeres y deja abierto su futuro: "Mis palabras pueden ayudar en asuntos que me importan mucho"

A Christine Lagarde (París, 70 años, de soltera Christine Madeleine Odette Lallouette) le gusta enviar mensajes con su atuendo. Elige cuidadosamente sus pañuelos (hay quien cree adivinar en ellos sus intenciones) y, en momentos especialmente delicados, comparece en la rueda de prensa del BCE con un broche característico: un búho. En un mundo, el de la política monetaria, habitualmente dividido entre halcones, banqueros con poca tolerancia por la inflación y gatillo fácil a la hora de subir tipos, y palomas, más sensibles al efecto del dinero caro sobre la economía, Lagarde se desmarcaba con esta otra ave.

"Es el símbolo de Atenea, que representa la inteligencia y la sabiduría, pero, sobre todo, es mi forma de rechazar las etiquetas. [...] No tomo partido en materia de política monetaria; me guío por los hechos y estoy dispuesta a adaptarme", declaró al diario La Croix en la que es hasta ahora su última entrevista al frente del BCE. El símil es apropiado, a decir de economistas que han compartido mesa de reunión y decisión con la francesa. "Es muy inteligente. Escucha a todo el mundo, deja hablar y busca el consenso, pero sabe guiar el debate", explica una de ellas. "Después de hablar con ella te das cuenta de que tú acabas pensando lo que ella quería".

No hay muchas personas, y casi ninguna mujer, con una carrera comparable a la de la francesa en el masculino mundo de las altas finanzas. Miembro en su adolescencia del equipo nacional de natación sincronizada, se graduó en Derecho en la Universidad de París X (Nanterre) y entró en el prestigioso despacho de abogados Baker-McKenzie, en Chicago, con 25 años. En seis años pasó al puesto de socia y en 1999 se convertía en la primera presidenta de la firma. Entre 2005 y 2011 fue ministra en Francia (primero con Jaques Chirac y Dominique de Villepin, luego con Nicolas Sarkozy y François Fillon), ocupando la cartera económica en su última etapa, marcada por la quiebra de Lehman Brothers y las primeras fases de la crisis del euro.

De aquella época arrastra una condena por negligencia en uno de los juicios por corrupción de altos vuelos en los que se vio envuelto Sarkozy, el caso Tapie. En 2011 fue nombrada directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) en sustitución de Dominique Strauss-Kahn, acusado de agresión sexual por una empleada de hotel. Ocho años después, y contra pronóstico, era nombrada presidenta del Banco Central Europeo en sustitución de Mario Draghi.

Las perspectivas de que saliera del BCE de forma anticipada se dispararon cuando se conoció que publicaría sus memorias a principios de 2027. Un libro de "cómo una niña puede llegar a ser alguien, sin haber nacido en la familia adecuada [es hija de profesores], sin haber tenido suficiente dinero ni haber estudiado en los colegios adecuados", explicó el pasado septiembre. Estará dedicado no solo a sus nietas, "sino a todas las chicas que desean progresar profesionalmente". A diferencia de una inacabable lista de líderes franceses (como Emmanuel Macron, Jaques Chirac o Jean Claude-Trichet), Lagarde no es una énarque, no pasó por la elitista École Nationale d'Administration, cantera de la política parisina.

No ha aclarado su futuro. Según han publicado varias fuentes, pasará a ocupar la presidencia del World Economic Forum, el organismo que organiza el cónclave anual de Davos. Pero también han circulado rumores sobre un posible regreso a la política francesa. Un recorrido que emularía al de su predecesor, Mario Draghi, que tras presidir el BCE entre 2011 y 2019 ejerció como primer ministro italiano durante un año y medio. "Si fuera como Draghi, en un posible gobierno de concentración o similar, sí la veo en esa posición. Pero no me la imagino haciendo campaña por los pueblos de Francia", explica otra fuente financiera. "Además, en el extranjero hay buena opinión de ella, pero para el electorado francés más a la izquierda o la derecha es el ejemplo perfecto de las élites parisinas a las que culpan de sus problemas", añade.

Su mandato al frente del BCE no ha sido sencillo, y patinó en su primera prueba con fuego real. Fue en la reunión del 12 de marzo de 2020, cuando la pandemia arrasaba Europa y días antes de que se decretaran los confinamientos. El BCE anunció medidas extraordinarias para que el sistema financiero operara con normalidad, pero, preguntada por el posible respaldo a los países cuyas primas de riesgo estaban subiendo, como Italia, incluyó en su respuesta la frase "no estamos aquí para estrechar diferenciales [en el mercado de deuda]".

Este puñado de palabras desató el pánico en los mercados: los operadores concluían que el BCE dejaba el campo abierto a la especulación. Horas después, Lagarde concedía una entrevista a la cadena CNBC para, a grandes rasgos, desmentirse a sí misma. De hecho, la respuesta está incluida como nota al pie en la transcripción de aquella desastrosa rueda de prensa. "Fue aprendizaje por las bravas", explican fuentes financieras. "Aquel día se dio verdadera cuenta del poder que tienen sus palabras, y desde entonces no le ha vuelto a suceder", explican.

El camino, después, no ha sido mucho más sencillo. La pandemia provocó un parón de actividad sin precedentes, que obligó al BCE a desplegar un arsenal financiero descomunal que luego tocó replegar. La inflación, que debe estar en el 2%, cerró 2020 por debajo del 0%. Cuando la economía se estaba estabilizando, en verano de 2021, Vladímir Putin empezó a cerrar el grifo del gas natural hacia Europa, disparando los precios energéticos ya desde meses antes de la invasión de Ucrania, ejecutada a finales de febrero de 2022.

La guerra disparó los precios de petróleo, gas y cereales, pero el BCE no subió tipos hasta julio, bajo la premisa de que el calentón inflacionista sería pasajero, oscurecido también por una economía aún alterada a causa de la pandemia y los confinamientos. Los precios llegaron a subir a ritmos de más de 10% y no bajaron del 5% hasta pasado el verano de 2023. Esa tardanza en actuar, que el BCE compensó con una velocidad insólita en subir tipos (del -0,5% al 4% en 14 meses), es el segundo gran borrón en los siete años de Lagarde.

La francesa no se marcha con un momento cumbre como el whatever it takes, cuando Mario Draghi marcó con esas tres palabras la salvación del euro en 2012. Pero sí ha lidiado con un nivel de incertidumbre desconocido para cualquiera de sus predecesores, añadiendo a la lista, en el último año y medio, la guerra comercial iniciada por Donald Trump, el shock petrolero desatado por el ataque de EE UU e Israel sobre Irán y el castigo de los mercados a su propio país, Francia, cuya prima de riesgo se ha disparado ante un bloqueo político que promete ensanchar el déficit público.

La convulsa etapa que ha debido capear deja una huella en el BCE que probablemente la trascienda. No solo por el latiguillo de decidir "reunión a reunión con decisiones basadas en datos", también por un trabajo más enfocado en analizar posibles escenarios y no tanto predicciones que la realidad se lleva por delante en semanas o días. Con ese liderazgo suave en las formas, pero duro en el fondo, ha dado margen de maniobra a sus segundos espadas al tiempo que mantenía a raya a los halcones del Norte. Pero le queda trabajo por delante: más de tres meses sujetos a tensiones sobre la inflación, el crecimiento y durante los que el castigo de los mercados sobre Francia puede presionar para que el BCE actúe. Lagarde no ha tenido su whatever it takes... todavía.

En un mundo, el de la política monetaria, habitualmente dividido entre halcones, banqueros con poca tolerancia por la inflación y gatillo fácil a la hora de subir tipos, y palomas, más sensibles al efecto del dinero caro sobre la economía, Lagarde se desmarcaba con esta otra ave. "Es el símbolo de Atenea, que representa la inteligencia y la sabiduría, pero, sobre todo, es mi forma de rechazar las etiquetas. [...] No tomo partido en materia de política monetaria; me guío por los hechos y estoy dispuesta a adaptarme", declaró al diario La Croix en la que es hasta ahora su última entrevista al frente del BCE.