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El futuro ministro de Economía de Alberto Núñez Feijóo si llega a La Moncloa

Por El País — Economía · 17 de octubre de 2026 · 9 min
El futuro ministro de Economía de Alberto Núñez Feijóo si llega a La Moncloa

El popular evita dar nombres, si bien ya perfiló un retrato robot bien definido hace tres años que encajaba con el exgobernador Pablo Hernández de Cos. Alberto Nadal y Juan Bravo, a la expectativa

"Ahora mismo solo está en su cabeza". Ese es el mantra que repiten personas que tratan habitualmente con el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, cuando se les pregunta por quién será su hombre fuerte en el terreno económico si gana las elecciones del 29-N y puede formar gobierno. Tratar habitualmente con él, en todo caso, no implica ni de lejos cercanía, una condición que solo atesora el núcleo de personas que hicieron el tortuoso camino desde tierras gallegas junto a él y que se pueden contar con los dedos de una mano. "Ellos han salido de Galicia, pero Galicia no ha salido de ellos", bromeaban durante sus primeros tiempos en Madrid conspicuos ejecutivos del Ibex para escenificar la distancia de Feijóo y de su clan con los problemas corporativos, así como la dificultad que encontraban para penetrar en su círculo de confianza. Por otra parte, tampoco es que la proximidad al líder popular prejuzgue un conocimiento íntimo de sus intenciones. Es muy posible que, a estas alturas de la saga, ni Mar Sánchez -su jefa de prensa en Galicia y hoy diputada-; Marta Varela -jefa de gabinete, también en la Cámara Baja -; Álvaro Pérez -jurista, exdirector general de gabinete y exsecretario general de la Xunta, también diputado-; el ferrolano Miguel Tellado -exsecretario general del PP en Galicia-, o Luis de la Matta -director de comunicación del partido-, atisben cuáles son los planes de quien maneja el partido desde la séptima planta de la sede popular en Génova.

La historia es una buena maestra. Los dos gobiernos que el Partido Popular ha diseñado en democracia han planteado dos modelos bien diferentes a la hora de abordar la gestión económica. En el caso de José María Aznar (1996-2004), pocas dudas había -antes y después del triunfo electoral- de que Rodrigo Rato sería el elegido para regentar el área, cosa que hizo como todopoderoso vicepresidente segundo y ministro de Economía y Hacienda. Diseñó un organigrama basado en secretarios de Estado y secretarios generales más o menos afines como Cristóbal Montoro, José Manuel Fernández Norniella -el colaborador que le era realmente próximo en lo personal y que lideró el área de Comercio entre 1996 y 1998-, José Folgado, Elena Pisonero, Luis de Guindos o Juan Costa. La pirámide estaba clara, al punto de ejercer quien era de facto el número dos de Aznar una autoridad rayana en el temor entre su propio séquito y las huestes ajenas. Su pétrea mirada, fijada sin clemencia en su objetivo por encima de sus gafas de ver, fulminaba. No solo caía bajo su demarcación el tejido productivo y la evolución macroeconómica, sino también la fiscalidad y los intereses corporativos, con influencia directa sobre las operaciones de concentración empresarial. En su haber, la entrada en el euro, un éxito rotundo que contrasta con el descalabro personal que supuso para él la gestión de Bankia. Parece evidente que un compañero de gabinete, con otras hechuras, tomaba nota para no verse sometido al aura de un factótum semejante cuando llegara su momento.

Mariano Rajoy aterrizó en la avenida Puerta de Hierro a finales de 2011 y permaneció en la misma hasta el 1 de junio de 2018, cuando le descabalgó la moción de censura de Pedro Sánchez. El también gallego apostó desde el primer momento por una bicefalia en el área económica, una dupla que terminó desarrollando una manifiesta desafección, que no se preocupaba en ocultar ni ante los propios periodistas. Cristóbal Montoro se ocupó del área de Hacienda -con la financiación autonómica incluida, un entorno especialmente sensible en plena crisis tras la caída de Lehman y cuando arreció después la deriva independentista-; Luis de Guindos se concentró en la evolución macro y el comercio. El primero conocía los intríngulis del partido y de la gestión presupuestaria; el segundo sabía inglés y gozaba de predicamento en el entorno comunitario. ¿Un buen tándem? La realidad es que la distancia entre ambos era sideral. Montoro había hecho la travesía del desierto en la oposición, junto a Soraya Sáenz de Santamaría o Fátima Báñez. Había mascado tierra. De Guindos no era uno di noi; regresaba a la política tras su lucrativo periplo por el sector privado. Así lo veían sus compañeros de viaje. Nunca ninguno de los dos reconoció la ascendencia del otro ni mucho menos la capacidad de arbitraje de Álvaro Nadal, otro pretoriano de aquella Génova situado por Rajoy al frente de la oficina económica de La Moncloa. El control de la comisión delegada para asuntos económicos, cuyo liderazgo se otorgó el propio presidente del Ejecutivo como juez último -pero que a menudo ejercía la propia Sáenz de Santamaría-, terminó convirtiéndose en la justa semanal para marcar terreno. Y para generar una distancia insalvable. Andando el tiempo, Montoro cargará con sus recortes fiscales -anunciados nada más llegar en contra de las promesas electorales- y con el proceso judicial abierto a Equipo Económico, la consultora que fundó y en la que se hicieron fuertes buena parte de sus colaboradores. De Guindos, con el rescate al sector financiero y Bankia, desembolso que los bancos aún hoy se esfuerzan por circunscribir a las cajas de ahorros. Con los años, queda la lucha del relato.

Núñez Feijóo no ha dado pistas ahora sobre nombres, pero sí sobre perfiles. Su criterio no debería haber cambiado demasiado sobre su retrato robot ideal. Allá por julio de 2023, durante la campaña electoral de las últimas elecciones generales, el presidente del PP aseguró que su ministro de Economía iba a ser un hombre "absolutamente acreditado", que no era político y que permitiría al país "dormir tranquilo por tener una autoridad en economía, tanto los trabajadores como los empresarios". En aquel momento, la descripción traía al imaginario colectivo la figura de Pablo Hernández de Cos, gobernador del Banco de España. El actual director general del Banco de Pagos Internacionales (BIS) se encontraba entonces en la fase final de su mandato en el supervisor nacional y tenía más interés por hacer carrera en el entorno financiero comunitario que por entrar en política. No celebró precisamente esa liaison, un tanto líquida, aunque tampoco la desmintió categóricamente. Inmerso ahora en la pugna por suceder a Christine Lagarde al frente del Banco Central Europeo (BCE), el apoyo del Gobierno de Pedro Sánchez está lejos de ser accesorio. No había razón entonces, sin nada tangible sobre la mesa, para no cultivar una cierta equidistancia. Como deseo furtivo del candidato popular, en todo caso, su track record encajaba sin matices y da pistas sobre lo que busca para el puesto. "Pablo Hernández de Cos es la persona adecuada, no he visto un mejor curriculum que este. Tras su experiencia en el Banco de España y el banco europeo que dirige, pienso que es buen candidato", aseguraba este jueves Feijóo en Bruselas, en un viaje planificado ad hoc para respaldar su candidatura al BCE. Para buen entendedor.

Dos perfiles ligados a la economía forman parte del comité de dirección y la junta directiva de Alberto Núñez Feijóo. Juan Bravo, vicesecretario general, acompaña al presidente popular desde el inicio de su aventura en Madrid. Identificado como una suerte de cuota andaluza, ha sido durante gran parte del periodo la cara visible del equipo económico de la nueva ejecutiva. Su legado como consejero de Hacienda de Juan Manuel Moreno Bonilla entre 2019 y 2022 no está demasiado lejos de aquel círculo virtuoso fiscal al que aludía con obstinación Cristóbal Montoro. Bajadas de impuestos, atracción de nuevos contribuyentes y mayor recaudación por el aumento de las bases y del consumo. Nadie en el entorno empresarial cuestiona su presencia en un eventual nuevo Gobierno popular, si bien circunscriben su peso al entorno de Hacienda. "Es un fiscalista", es una de las frases más escuchadas. Desde luego, cuesta verle como el faro de toda la política económica de Feijóo. De trato exquisito, afable, es un perfil al que no se conocen roces con las grandes corporaciones y que se percibe como capaz de generar consensos. En los últimos meses, no obstante, ha tenido que compartir protagonismo al frente de la economía del partido con un perfil menos apacible, capaz de poner a prueba cualquier convivencia.

Feijóo anunciaba el 4 de julio de 2025 el nombramiento de Alberto Nadal como vicesecretario de Economía y Desarrollo Sostenible. Miembro del cuerpo superior de técnicos comerciales y economistas del Estado, los prestigiosos tecos, la brillantez intelectual no se le discute. Tampoco la falta de empatía con altos ejecutivos del Ibex y, especialmente, con las compañías del sector eléctrico, que representan una cuarta parte del índice. Durante su paso por la Secretaría de Estado de Energía entre 2012 y 2016, con José Manuel Soria al frente de la cartera ministerial, se recortaron las primas a las renovables -en lo que fue el inicio de las demandas y los arbitrajes internacionales que aún colean-; fue anulada vía decreto la subasta que dio lugar a una subida del 11% en la factura de la luz en diciembre de 2013 -lo que pasó a la historia como "el tarifazo"-, y se puso en marcha el impuesto del 7% a la generación eléctrica. Eran tiempos convulsos, marcados por el llamado déficit de tarifa, que escondía una deuda creciente con el sector cercana a los 30.000 millones de euros con cargo al recibo. Férreo defensor de sus convicciones, no fue capaz de aunar voluntades. "No es dúctil. El Ibex que importa sabe que no es bizcochable. No negocia", asegura una persona que le conoce bien. Aunque no falta quien entendería como una auténtica canallada que Feijóo le dejara fuera del gabinete en vista del vuelo que ha cogido en la formación, su encaje en el mismo no es a priori tan dulce como el de Juan Bravo. Una vicepresidencia económica, a la que legítimamente podría aspirar, soliviantaría a sectores regulados con enorme peso en el establishment nacional. Claro que eso, en sí mismo, no es necesariamente malo. Siempre ha habido polis buenos y malos. Será Feijóo quien deba medir los decibelios que quiere soportar.

Al final del día, más allá de la mayor simpatía del elegido y de si se apuesta por una bicefalia o un único zar económico, la certeza que reclaman hasta una decena de altos ejecutivos de empresas cotizadas es que se visibilice un perfil de peso en la relación con sus pares comunitarios, que además sume complicidad con los cargos institucionales clave en Bruselas y Fráncfort. El actual entorno geopolítico, siempre pendiente del último arrebato de Trump y de su impacto en las materias primas, unido al nuevo contexto que se avecina con los tipos de interés al alza, alientan el temor a una crisis de deuda soberana en Europa. Y probablemente, la bonanza económica de que ha disfrutado Pedro Sánchez, muy beneficiado por unos fondos Next Generation ya a la fuga, tienda a difuminarse. "Hace falta alguien que descuelgue el teléfono, hable con quien toca y participe en las decisiones que vienen", se asegura desde un banco. En suma, se requiere alguien que transmita confianza, fuera y dentro. Ese requisito, que no está tan lejos del plan De Cos esbozado hace tres años por Feijóo, limita enormemente los cabezas de cartel en el Partido Popular, deja en un segundo escalafón a alguno de los aspirantes y abre la puerta a una wild card. Además, ¿y si la candidatura de De Cos al BCE se cae y los tiempos se acompasan? Según los plazos fijados por Sánchez, la investidura del nuevo gobierno no se producirá antes del mes de enero, pasadas las fiestas navideñas. Puede que, por entonces, De Cos ya tenga más visibilidad sobre sus opciones en el BCE. Desde luego, siempre mejor el original que la copia. Y en el Ibex correría el champán. Hay más valores seguros. Luis de Guindos, hasta hace apenas meses vicepresidente del BCE, ha regresado a España para colaborar con el IESE. Dice a todo el que le pregunta, que no son pocos, que la familia ha dicho basta y que la política forma parte del pasado. Eso sí, nadie termina de creerle siempre que sea para mandar de verdad y por aclamación popular. No será un tema del que Feijóo pueda pasar de puntillas en campaña electoral. Se le espera.