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El cuerpo no entiende de especialidades médicas

Por Redacción Sinergia Empresarial · 30 de septiembre de 2026 · 5 min
El cuerpo no entiende de especialidades médicas

Corazón y riñón mantienen una conversación permanente, aunque durante años hayamos aprendido a tratarlos por separado.

Durante años aprendimos a imaginar el cuerpo humano como un edificio de departamentos: cardiología vive en un piso, nefrología en otro y endocrinología unas puertas más allá. Cada especialista conoce perfectamente su espacio y sabe dónde están los interruptores. El pequeño inconveniente es que el organismo nunca leyó el reglamento del condominio.

Corazón y riñón son un buen ejemplo. Lo que ocurre en uno puede repercutir en el otro y convertir una enfermedad aparentemente localizada en un problema mucho más complejo. De ahí que hablar hoy de salud cardiorrenal obligue a abandonar esa cómoda costumbre de mirar órganos aislados y comenzar a observar relaciones.

No es solo una discusión entre especialistas. Detrás de ese cambio existe otra forma de entender al paciente y, por extensión, un desafío para quienes investigan medicamentos, desarrollan dispositivos, diseñan programas de prevención, administran hospitales o construyen campañas de comunicación en salud. Si las enfermedades están conectadas, las respuestas también tendrían que estarlo.

Algo parecido ocurre con los factores de riesgo. Diabetes, hipertensión, obesidad y enfermedad cardiovascular pueden encontrarse en una misma historia clínica y terminar afectando también la función renal. Para el paciente, por supuesto, esas fronteras académicas importan poco: no padece una especialidad médica, sino las consecuencias que varias enfermedades producen en su vida cotidiana.

Esta semana publiqué en Mundo Farma una entrevista dedicada precisamente al vínculo entre corazón y riñón. Más allá de la explicación clínica, me quedó rondando una idea: buena parte de la transformación que vive la medicina consiste en aprender a conectar puntos que antes observábamos por separado.

También la industria está recorriendo ese camino. Durante décadas, numerosos productos y estrategias comerciales se construyeron alrededor de categorías terapéuticas claramente delimitadas. Hoy, el conocimiento científico empuja hacia abordajes más integrales, mientras la innovación busca resultados que pueden atravesar diferentes riesgos y padecimientos.

Ahí aparece una oportunidad, pero también una responsabilidad. Hablar de beneficios cardiorrenales, prevención o protección integral exige explicar conceptos complejos sin convertirlos en promesas simplificadas. En salud, una buena historia puede acercar el conocimiento a millones de personas; una mala traducción de la evidencia puede hacer exactamente lo contrario.

Para las marcas del sector, además, el cambio tiene consecuencias interesantes. Ya no basta con hablar únicamente de un producto. Cada vez cobra mayor importancia construir conversaciones alrededor de trayectorias del paciente, diagnóstico oportuno, adherencia, prevención y coordinación entre profesionales. Dicho de otra manera: pasar del mensaje que describe una medicina al contenido que ayuda a comprender un problema.

Quizá ahí se encuentre una de las transformaciones más relevantes del marketing en salud. La verdadera competencia no ocurre solo frente a otra marca. También se libra contra la desinformación, la indiferencia, los diagnósticos tardíos y esa vieja costumbre de esperar a que algo duela demasiado antes de acudir al médico.

Esa necesidad de mirar al paciente completo apareció también, desde otro ángulo, durante el seminario "Enfermedades Raras: Acceso, Derechos y Comunicación en Salud", realizado hace unos días en Morelos y organizado por BioMarin. Especialistas, organizaciones de pacientes, representantes de la industria y periodistas compartimos dos jornadas alrededor de un problema que comienza mucho antes de encontrar un tratamiento: conseguir que alguien escuche.

Una pregunta de la genetista Alejandra Camacho logró condensar buena parte de la discusión: "¿Cuánto vale la salud?". Parece sencilla hasta que intentamos responderla. Hablar de acceso en enfermedades de baja prevalencia significa hablar de costos, sí, pero también de evidencia, calidad de vida, discapacidad, cuidadores y de aquello que ocurre cuando un diagnóstico o un tratamiento llega —o no— a tiempo.

Desde otra perspectiva, el también genetista Alberto Hidalgo puso sobre la mesa varios pendientes que difícilmente pueden resolverse desde un solo escritorio: generar evidencia, contar con información que permita conocer mejor a estas poblaciones y conseguir que los distintos actores del sistema trabajen de manera coordinada. Gobierno, profesionales de la salud, organizaciones de pacientes, academia e industria poseen piezas distintas de un mismo rompecabezas; ninguna basta por sí sola.

Para quienes comunicamos salud, semejante escenario plantea un dilema particular. Las cifras son indispensables, pero una prevalencia no cuenta cómo cambia una familia cuando aparece un diagnóstico. Tampoco sirve acudir al extremo contrario y convertir al paciente en un personaje diseñado para provocar lástima. Entre el dato frío y el melodrama existe un territorio mucho más valioso: el periodismo que escucha, pregunta, contextualiza y devuelve dimensión humana a la información.

También la comunicación corporativa y las relaciones públicas tienen tarea. En enfermedades de baja prevalencia, construir conversación pública requiere algo más que colocar mensajes, acumular impactos o conseguir una fotografía. Pacientes, médicos, asociaciones, autoridades, industria y medios observan el problema desde lugares diferentes. Una organización construye reputación no sólo cuando consigue hablar, sino cuando ayuda a crear espacios donde otras voces pueden ser escuchadas.

Quizá ésa fue una de las lecciones más importantes de aquellas dos jornadas. Quienes viven con una enfermedad rara suelen recorrer consultas, estudios, diagnósticos equivocados y años de incertidumbre antes de ponerle nombre a lo que les ocurre. Después puede comenzar otra carrera: encontrar al especialista adecuado, acceder a un tratamiento cuando existe y conseguir que éste tenga continuidad. Contarlo bien no resolverá por sí solo esos problemas, pero puede contribuir a que dejen de ser invisibles.

Regresamos de Morelos con varias notas, muchas preguntas y una certeza sencilla: detrás de cada enfermedad difícil de explicar existe alguien que lleva mucho más tiempo intentando que los demás la comprendan. A veces, antes de buscar la respuesta más sofisticada, conviene hacer algo extraordinariamente elemental: escuchar.

Más dinero no garantiza mejores resultados, pero intentar mejorar la salud sin recursos se parece demasiado a querer surtir una receta con buenos deseos. AMIIF recibió como una señal positiva el incremento presupuestal planteado para 2027: alrededor de 1.14 billones de pesos para salud, 10.6% más que en 2026. También se proyectan 164 mil 245 millones de pesos para medicamentos, productos farmacéuticos e insumos, 4.6% más que este año y la cifra más alta para esos conceptos desde 2020.

Hasta ahí, las cifras permiten cierto optimismo. Ahora viene esa parte menos fotogénica del presupuesto: convertir pesos aprobados en medicinas disponibles, tratamientos continuos y pacientes atendidos. AMIIF también puso sobre la mesa los adeudos pendientes con empresas farmacéuticas y la necesidad de dar certidumbre al sistema. Porque entre lo que aparece en una hoja de Excel y lo que encuentra un paciente cuando necesita su medicamento todavía puede caber un país entero.

Entender ese vínculo está cambiando la atención médica y también plantea nuevas preguntas para la innovación, la industria y la manera de comunicar la salud.