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"Somos suficientes": se acabó el pastel de la fiesta ibicenca

Por Redacción Sinergia Empresarial · 27 de septiembre de 2026 · 10 min
"Somos suficientes": se acabó el pastel de la fiesta ibicenca

Los clubs cierran una temporada irregular con el mercado saturado y el anuncio del Consell de que no habrá más discotecas nuevas para "encapsular" un sector, concentrado en unas pocas manos, que supone un tercio del PIB insular

Jason, neoyorquino de 40 años, beisbolera y cadenota de oro, tiene prisa por cruzar la calle. Sale de ver al dj superestrella Calvin Harris en Ushuaïa, el gran club vespertino de Playa D'en Bossa y sortea la riada de gente que abandona el recinto al aire libre (más de 7.000 personas) para ponerse en la cola de la discoteca Hï que empieza a formarse justo enfrente. Además de la diéresis, ambos clubes comparten propietarios; los locales son del imperio inmobiliario de la familia Matutes, y la dirección creativa es de The Night League, la empresa del "rey de Ibiza", el francés Yann Pissenem, que revolucionó hace 15 años el concepto de la fiesta en la isla llevándolo hacia el megaespectáculo y el lujo de los reservados. Juntos tienen también desde el año pasado UNVRS (antes Privilege y aún antes, Ku) el "hiperclub" más grande del mundo, y el mejor, según el ranking de la especializada DJ Mag Entre los primeros 20 hay seis en esta isla de 41 kilómetros de largo por 15 de ancho: Ushuaïa en el número tres, Hï, en el cuatro, Amnesia, en el 16, Pachá, en el 18 y DC-10, en el 19.

Y no habrá más. En junio, el Consell d'Eivissa anunció que vetará nuevos clubes como parte del Plan de Intervención en Ámbitos Turísticos (PIAT) que busca fijar el techo turístico y está en fase de participación pública. Jason, que en tres días y sus noches lleva cinco locales visitados (hoy se ha gastado solo en entradas 230 euros) no termina de verlo. "A más clubs, ¡más alegría!", dice completamente ajeno al malestar de vecinos, empresarios y políticos frente a la masificación turística y sus muchas derivadas, del precio de la vivienda a los recursos hídricos.

"En Ibiza el territorio es limitado, y también lo es la paciencia de la gente", dice en su despacho el vicepresidente primero del Consell, Mariano Juan (PP). Quiere tener el borrador del PIAT, la norma de máximo rango en ordenación turística que lleva más de una década rondando, listo ("al menos comunicado públicamente") antes de las elecciones autonómicas de mayo de 2027 "para ir con las cartas encima de la mesa". "¿Por qué ahora?", se pregunta, "primero había que quitar la grasa, no se puede reordenar bien con tanto ruido de fondo". Se refiere al negocio ilegal, de alojamientos, transportes y fiestas clandestinas que el Consell ha procurado frenar con la creación en 2019 de una dirección insular de Intrusismo a la que el año pasado se inyectaron 22 millones de euros (a dividir en cuatro años). Según el político el plan "no trata de atacar el ocio existente". "Estamos orgullosos del sector legal, quiero tenerlo a mi lado, legislando conmigo", dice, presumiendo de que en este "encapsular" el número de clubes existentes está de acuerdo la patronal mayoritaria Ocio de Ibiza. Admite también que en realidad el cese de licencias ya estaba extendido por la isla (salvo en San José) por los ayuntamientos, y que la última gran discoteca que abrió fue el Space (hoy Hï), inaugurada en 1989. "El PIAT supone una doble llave, una segunda capa más restrictiva" al parcheado de ordenanzas municipales que se han ido actualizando desde los ochenta, explica. Desde entonces, la fiesta ibicenca ha cambiado radicalmente. En 2008 se prohibieron los afters (discotecas que cerraban un rato al amanecer y volvían a abrir de mañana), después se extendió el beach club que llevaba la fiesta a la tarde, entraron los grandes fondos y algunos pioneros vendieron locales míticos como Pachá… En el registro de actividades recreativas del Consell aparecen medio centenar de licencias bajo epígrafes que suenan a otros tiempos: "Café concierto", "Sala de fiestas", dependiendo de si la gente baila o se sienta, si la música es en directo o "por medios mecánicos", que poco parecen tener que ver con la realidad de los eventos actuales.

Para la oposición, "el PIAT es un documento muy necesario que no había redactado ningún gobierno anterior simplemente porque nadie había tenido ocho años de legislatura seguida", dice Elena López, portavoz del PSOE en el Consell, que opera desde 2007 en alternancia. "Es muy fácil hacer anuncios, hay mucho postureo, pero seguimos saturados, aún existen negocios ilegales, gastamos millones en una promoción turística que no necesitamos y hay cada vez más luxificación, más mesas VIP, más camas balinesas en los clubs de playa… Lo importante es decrecer", subraya la socialista (las licencias sí se pueden traspasar), "el PIAT no va a solucionar nada si no plantea un cambio de modelo".

Económicamente, el ocio aporta de forma directa e indirecta cerca de 770 millones de euros anuales, un 35% del PIB de la isla, según un estudio encargado en 2019 por la patronal Ocio de Ibiza. En el último IMS Electronic Music Business Report 2025/26, presentado en la isla en abril, coincidiendo con los openings de una temporada cada vez más larga, Ibiza sigue siendo "un referente global", con ingresos solo por venta de entradas en los clubes de 160 millones de euros (10 más que el año anterior). "Este crecimiento se produce a pesar de una reducción en el número de eventos", lo que apunta a un cambio hacia "experiencias de mayor valor y una demanda más concentrada". Los datos no incluyen el negocio VIP, que maximiza el rendimiento, según fuentes de la industria. El turista gasta más que nunca, según la Fundació Impulsa Balears con datos de junio, Ibiza y Formentera, recibieron 560.121 turistas, un 4,75% menos que un año antes, pero el gasto turístico total creció un 5,94%, con un desembolso medio por visitante y día de 249,51 euros. Sin embargo, advierte el informe, el máximo de gasto turístico pese al estancamiento de las llegadas, puede responder a un "contexto inflacionista", es decir, no se crea valor, simplemente todo es más caro.

Sobre la temporada 2026, que acaba con los closings de los grandes clubes a principios de octubre, José Luis Benítez, gerente de la patronal Ocio Ibiza, se muestra satisfecho, aunque cauto: "Este era un año para contener gastos y no hacer locuras; estaba claro que iba a venir menos gente tras [el empeño del Consell] de ir contra el alquiler turístico ilegal; pero nos pusimos a favor de controlarlo sabiendo que posiblemente muchos de esos visitantes son clientes nuestros". Benítez, que también es directivo de Palladium Hotel Group (de la familia Matutes), y que vivió los desaforados años noventa en la sala Space ("era otro mundo, ahora la normativa es bestial"), afirma que hace 11 años, en su primera entrevista liderando la patronal ya pidió una moratoria como la que plantea el PIAT para discotecas, beach clubs, incluso bares y restaurantes.

"Se me echó encima hasta el apuntador", dice, "pero yo he nacido aquí y ya veía que Ibiza estaba al límite. Si seguimos creciendo nos cargamos la gallina de los huevos de oro. Y te echas encima al residente, algo que no queremos los empresarios". El directivo afirma que "una discoteca nueva supone una inversión de muchísimo riesgo", por la naturaleza del negocio y por la alta competitividad en la isla. "Nosotros mismos hemos sido nuestros peores enemigos", admite el gerente de Ocio de Ibiza, en la que hay grandes ausencias como Amnesia o Pachá. "Con lo que hay es más que suficiente; congelar la oferta revaloriza los clubs que ya funcionan, el pastel está repartido", zanja. "Este es el turismo que queríamos, las mejores discotecas del mundo, calidad más que cantidad… Quizás los precios se han disparado, pero también en otros lugares... El problema es que la gente ya no se acuerda de lo que teníamos antes, zombis que solo consumían en los hoteles todo incluido y las tiendas de souvenirs baratas".

En medios especializados en música electrónica, la prohibición plantea una duda: proteger el "establishment" revaloriza el monopolio de unos pocos clubs cada vez más elitistas pero estanca la escena, haciéndola más manicurada y corporativa, lo que podría amenazar la esencia innovadora y underground de la cultura clubber que hizo famosa a la isla.

"Ya hay muchas Ibizas más allá del circuito mainstream, nosotros, Nocturna, Pikes.. formamos parte de la resistencia", dice sin embargo Igor Marijuan, dj, promotor, fundador de la radio Ibiza Sónica y director musical de Akasha, un club para unas 400 personas alejado del concepto VIP y los precios desorbitados, ubicado en el mercadillo jipi de Las Dalias. "No todos somos una máquina de hacer dinero, aquí acaba de pinchar gratis Fat Boy Slim, y vinieron clubbers, familias... Más Ibiza no hay", presume. El cese de nuevas licencias le parece bien: "No creo que quepa nadie más". "Este año la competencia ha sido enorme. Yo, a favor de la variedad, pero al final un montón de propuestas buenísimas no funcionan porque hay demasiada oferta". Pide, eso sí, una regulación más flexible que se adapte a los distintos tipos de clubs, no solo a los grandes. Y reclama un "alcalde de la noche, como hay en Nueva York", que "estudie cada caso para hacerlo sostenible como pasa en Ámsterdam, Berlín o Miami".

Pepe Roselló presidente de Noches de Ibiza, conocida en la isla como "la otra patronal" (reúne a una treintena de locales del West End de San Antonio) afirma sin ambages: "Para pequeños y medianos empresarios la temporada ha sido nefasta". Roselló, que acaba de cumplir unos envidiables 90 años, es un icono ibicenco. Abrió en 1963 el Playboy en el pueblo donde nació y luego, asociado con Abel Matutes (que fue ministro de Asuntos Exteriores con el PP de 1996 a 2000), fundó Space. La cosa acabó mal, guerra judicial incluida, 27 años después.

Para él, el PIAT es una "concesión" que consolida una "especie de monopolio de unos pocos hoteles, discotecas y beach clubs que han montado una cadena de producción que acapara desde la tarde a la madrugada y deja fuera al resto". "Hoteles y beach clubs funcionan como discotecas sin serlo", repite, y crean "una grieta de competencia desleal" para sus asociados, asfixiados por ordenanzas de aforo, ruido y horario. "Lo que habría que hacer es revisar las licencias, que en algunos casos ni existen, y evitar que se solapen con los horarios del pequeño empresario", lamenta paseando por un West End desangelado a las ocho de la tarde ("porque la gente no sale de los beach clubs hasta las 12"): terrazas vacías, salas cerradas... "Pedimos una nueva ley turística que corrija los errores cometidos y defina cada sector para que todo el mundo pueda trabajar", dice y lamenta que Ibiza ha perdido "su magia": "La gente venía a buscar una aventura propia, ahora el publico se ha adocenado y la experiencia es gastar mucho en cuatro sitios concretos".

En la entrada del club de playa Nassau de Platja D'en Bossa hay un buda gigante, un bol con moët & chandons y una pecera de langostas. El ticket medio para comer es de 80 euros (sin champán ni marisco). Una dj local pincha música lo suficientemente alta para que llegue a las 107 camas dobles (30 euros) que ocupan la playa y no sea del todo cómodo charlar en las mesas. Cristóbal Toledo, el director, traslada la entrevista a una pequeña oficina. "No somos un beach club de fiesta", arranca. "Me da bronca la demonización del sector, porque con los años no ha hecho más que mejorar; ahora es diez mil veces más tranquila que hace 20 años, entonces sí que la fiesta no paraba, ahora hay más calidad". También precios más altos, menos espacio libre en la arena... "El turismo ha cambiado e Ibiza es pionera en adaptarse, el beach club ofrece un servicio de calidad a un cliente que la buscaba y funciona". Poner un límite a los clubs, playeros o no "protege a los empresarios que aman la isla y han luchado porque sea el emblema que es hoy", afirma.

A 10 kilómetros otro restaurante al borde del mar parece estar en otro continente. El Flotante es un chiringuito —mantel de papel, sillas de plástico, nada de djs—, donde se come por unos 20 euros con los pies en la arena. Alberto Sánchez Runde, presidente de la Asociación de vecinos de Illa Plana, vive muy cerca. Desde la azotea de su piso señala dónde planean colocar el cabaré discoteca Lío Ibiza (a unos 50 metros). El lío del Lío es larguísimo y muy complicado de explicar. Incluye incumplimientos de ordenanzas, licencias mal otorgadas, irregularidades urbanísticas y parches varios, además de a dos potentes fondos internacionales. Resumiendo mucho, a principios de año el club anunció que, acabado su contrato de arrendamiento en la Marina Ibiza (donde ocupó el lugar de la discoteca El Divino en 2011), se trasladaría al Hotel Corso de Illa Plana. "Como en Vila ya no se podían abrir discotecas nuevas, han buscado varias fórmulas para disfrazar un traslado ilegal", dice Sánchez.

Los vecinos, que consiguieron paralizar las obras por sus irregularidades, pero han sufrido un revés burocrático esta misma semana, sienten que tanto el Ayuntamiento como el Consell les ponen trabas y que llevan a cabo una "política a la carta". Han presentando alegaciones a ambas instituciones, así como demandas judiciales. "En esta asociación hay muchos profesionales que saben lo que hacen, no esperaban la batalla legal que vamos a plantar", dice su portavoz, imaginando las molestias que generaría un club en pleno barrio residencial. "Es una vergüenza que nos enreden así, que sigan buscando 'fórmulas' para poder encajar el proyecto", zanja. "Ya hay reglamentos para prohibir nuevas discotecas, lo que hay que hacer es cumplirlos".