Qué son las chagras, las "granjas" en la selva tropical que desafían la agricultura moderna en Colombia y Ecuador

Este método indígena único de producción de alimentos no utiliza pesticidas y devuelve las parcelas a la selva tropical al cabo de cinco años.
Para un ojo inexperto, la zona de selva tropical que cultiva Kelly Johanna Yucuna podría parecer un lugar donde alguien arrojó semillas al suelo sin cuidado alguno.
Pero la realidad es muy distinta. En su pequeña parcela, situada en lo profundo de la Amazonía colombiana, todo —desde la elección del terreno hasta la ubicación de cada planta— responde a un orden y a un propósito.
Se trata del sistema agrícola de la chagra, compuesto por pequeñas parcelas de no más de dos hectáreas cada una, diseñadas para sincronizarse con los ciclos ecológicos del bosque. Es el lugar de donde Yucuna y las 240 familias dispersas por su reserva, en el macroterritorio Jaguares del Yuruparí, obtienen la mayor parte de sus alimentos.
En las chagras, la vida silvestre prospera y el carbono se captura de manera eficiente. Tras cinco o seis años de uso, las parcelas se devuelven al bosque.
En toda la zona norte de la Amazonia, sistemas como este han moldeado la vida indígena durante al menos 4.500 años, integrando dimensiones ambientales, económicas, sociales y espirituales.
El mundo exterior podría aprender mucho de las chagras y de su enfoque para la producción de alimentos. Sin embargo, estos sistemas se ven amenazados por la minería, la deforestación, el narcotráfico y el cambio climático que acechan a la selva amazónica.
Ahora comienza una carrera contrarreloj para garantizar la supervivencia de estos sistemas agrícolas sostenibles y únicos, así como de la cultura que los sustenta.
Las chagras están profundamente ligadas a la cosmología de los grupos indígenas, la cual, a su vez, se basa en el calendario ecológico del bosque y en sus ciclos de fructificación, inundación, pesca y caza.
"Todo tiene su propio orden y propósito dentro de la chagra", afirma Juan Felipe Guhl, antropólogo y experto en temas socioambientales del Instituto Sinchi, en Colombia. "Tener una buena chagra implica saber cuándo cortar, cosechar, replantar, limpiar y mantener todo el sistema".
En el resguardo Miriti-Paraná donde vive Yucuna, cada familia mantiene al menos dos o tres chagras: una nueva, otra productiva y otra en decadencia.
Antes de plantar, los ancianos aprueban la parcela seleccionada y piden permiso a los espíritus del bosque, a quienes llaman propietarios superiores de la tierra, para transformar los hogares de animales y plantas, dice Yucuna.
Les ruegan que ahuyenten a las serpientes, que cubran las cabezas de la comunidad con ramas y que hagan crecer abundantemente las cosechas.
Luego viene la "socola y tumba", un proceso colectivo de limpieza del terreno en el que participa todo grupo, que llega con hachas y machetes.
Si bien crear una chagra implica talar algunos árboles, las comunidades eligen estas áreas con cuidado, dice César Echezuría Fernández, un geógrafo independiente que estudia las chagras en Ecuador (donde se les llama chakras ).
A menudo dan prioridad a la eliminación de árboles pequeños y enredaderas, afirma.
Las investigaciones muestran que las comunidades mantienen alrededor de la mitad de las especies de árboles nativos que crecen en parcelas de chagra. Varios estudios destacan que tienen una biodiversidad considerablemente mayor que otros tipos de agricultura, como las plantaciones de monocultivo de cacao.
También se ha descubierto que las chagras almacenan más carbono que las plantaciones de monocultivos e incluso en niveles comparables con los de los bosques secundarios.
Información con base en Redacción Sinergia Empresarial. Redacción y edición: Sinergia Empresarial.


