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Mucho marketing, poca magia

Por Merca 2.0 · 09 de octubre de 2026 · 6 min
Mucho marketing, poca magia

Hay películas que llegan al cine con todo para funcionar: una estrella mundial, un director reconocido, un gran estudio, millones de dólares y una campaña que intenta convertir el estreno en acontecimiento. Y luego está Digger.

Tom Cruise. Alejandro González Iñárritu. Warner Bros. Más de 120 millones de dólares de producción y una inversión de mercadotecnia de aproximadamente 100 millones de dólares. Parecía difícil que una combinación así pudiera salir mal. Pero Digger abrió con apenas 8 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá y alrededor de 20 millones a nivel mundial, muy lejos de lo que se esperaba para una producción de este tamaño.

"Ah, watch out, you might get what you're after Cool babies, strange but not a stranger".

Entonces sale la pregunta inevitable: ¿qué salió mal? ¿La mercadotecnia? ¿La campaña no explicó la película? ¿No supo venderla? ¿Tom Cruise dejó de ser garantía de taquilla? ¿Iñárritu hizo una película demasiado difícil de vender? ¿El público rechazó la propuesta? ¿O estamos intentando encontrar una sola explicación para un problema que tiene muchas?

Porque quizá Digger no sea solamente un caso sobre una película que no funcionó. Quizá sea un caso sobre los límites de la mercadotecnia.

La campaña, de hecho, resulta interesante. Warner Bros. comenzó jugando con el misterio: un Tom Cruise casi irreconocible, calvo, bailando con una pala y prometiendo una "comedia de proporciones catastróficas". El trailer llevaba ese camino.

Y ahí aparece un problema interesante de posicionamiento. Cuando tienes una de las estrellas más famosa del planeta, puedes vender la película o puedes vender al actor. Pero no necesariamente son lo mismo.

El público que convirtió Top Gun: Maverick en un fenómeno, no compró únicamente a Tom Cruise. Compró a Maverick, la nostalgia, los aviones, la acción, la música, la emoción y, sobre todo, una película que prometía exactamente lo que terminó entregando. Maverick terminó superando los 1,500 millones de dólares mundiales.

Digger ofrecía otra cosa: una sátira oscura, incómoda y a propósito extraña, con Cruise interpretando a un magnate petrolero responsable de una catástrofe climática. El problema no es que esa película no pudiera tener público. El problema es si la comunicación consiguió encontrarlo. Y aquí está la diferencia entre generar awareness y generar deseo.

Puedes conseguir que todo el mundo sepa que existe una película y no significa que todo mundo quiera verla. Gastar millones en medios y no significa que alguien vaya a recomendarla. Tener a Tom Cruise en todos los anuncios y no significa que el público quiera verlo haciendo algo completamente distinto a lo que espera de él. Puedes conseguir que alguien compre un boleto y no comprar tan fácilmente lo que ocurre después de que se encienden las luces. Ahí entra el boca a boca.

Una película puede tener una campaña mediocre y crecer porque la gente sale del cine y dice: "Tienes que verla". Everything Everywhere All at Once es un buen ejemplo. A24 la lanzó de manera limitada y construyó poco a poco su expansión a partir de conversación, crítica y recomendación de audiencia. Terminó recaudando cerca de 148 millones de dólares en todo el mundo. (Yo no le aguanté ni media hora en video. Así de extraños somos parte del público).

En el extremo opuesto está The Flash. Una gran inversión, nostalgia, personajes reconocibles y una campaña que intentó convertir sus cameos en acontecimientos. Y terminó con 271 millones de dólares mundiales sobre un presupuesto de producción reportado de 200 millones.

Entonces aparece una conclusión incómoda: la mercadotecnia puede amplificar una propuesta, pero no puede sustituirla.

Aunque tampoco podemos irnos al otro extremo. Decir que "si la película es buena, encontrará a su público" también es muy ingenuo. Hay películas extraordinarias que están mal posicionadas, mal distribuidas o llegan en un momento equivocado. La mercadotecnia sí importa. Muchísimo.

Warner Bros. no se limitó a anunciar una película. Construyó un universo comercial alrededor de ella: más de cien colaboraciones de marca, experiencias, productos, activaciones y una presencia cultural que convirtió el color rosa en una especie de lenguaje común. Y entonces sucedió algo todavía más interesante: Barbenheimer. El público tomó el estreno simultáneo con Oppenheimer y convirtió la coincidencia en fenómeno cultural. El propio responsable de mercadotecnia de Warner reconoció que esa conversación surgió orgánicamente y que "la cultura" hizo parte del trabajo.

Eso también es mercadotecnia cinematográfica contemporánea: saber cuándo empujar una conversación y cuándo dejar que la audiencia la construya.

The Blair Witch Project llevó esa lógica todavía más lejos. Su campaña construyó una ficción alrededor de la película hasta conseguir que parte del público dudara de si lo que estaba viendo era realmente ficción. Con un presupuesto de producción de apenas 60 mil dólares, terminó recaudando más de 248 millones a nivel mundial.

"Here's your ticket, pack your bags, time for jumpin' overboard Transportation is here, close enough but not too far".

Warner Bros. decidió incluso convertir las críticas divididas en parte de su estrategia. Antes del estreno lanzó un video que enfrentaba opiniones ("brilliant" contra "baffling", "magnificent" contra "insufferable") y cerraba con la invitación a que cada espectador decidiera por sí mismo.

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Es una jugada interesante porque transforma una debilidad en argumento de comunicación: si no podemos convencerte de que todos aman la película, te diremos que precisamente porque divide opiniones tienes que verla. Eso puede generar curiosidad. Pero también puede confirmar una sospecha.

Si necesito explicarte que la película divide opiniones antes de que la veas, quizá ya estoy manejando un problema de percepción.

El 6 de octubre de 2026, Paramount Skydance completó la adquisición de Warner Bros. Discovery, creando una nueva compañía que reúne estudios cinematográficos, plataformas de streaming, televisión, deportes, catálogos y franquicias.

Más músculo, más propiedades intelectuales, más datos, más plataformas, más capacidad de distribución. Pero también más presión para que cada gran película funcione.

Y ahí está la contradicción de las fusiones: hacer más grande la máquina no necesariamente hace más grande al público.

"Ah, all wet, hey, you might need a raincoat Shakedown, dreams walking in broad daylight".

Una compañía gigantesca puede tener más herramientas para vender una película. Puede cruzar bases de datos, plataformas, franquicias, marcas, contenidos y audiencias. Pero sigue sin poder garantizar que una historia conecte. Quizá por eso Digger sea más interesante para quienes trabajamos en mercadotecnia que muchas películas que sí triunfan.

Porque nos recuerda algo que a veces olvidamos. No basta con lograr que alguien haga clic en un banner. Hay que conseguir que quiera entrar a una sala, que disfrute lo que encontró y, después, que quiera contárselo a alguien.

La mercadotecnia cinematográfica puede construir expectativa, generar conversación, crear urgencia, convertir una película en evento e incluso modificar la percepción de un producto. Pero hay una frontera que todavía no puede cruzar. No puede obligar a alguien a amar una película.

Por eso quizá la pregunta correcta sobre Digger no sea si su mercadotecnia funcionó o fracasó. La pregunta es otra: ¿la mercadotecnia no consiguió vender la película o la película no consiguió cumplir la promesa que la mercadotecnia ayudó a construir?

"My house is out of the ordinary That's right. Don't wanna hurt nobody Some things sure can sweep me off my feet Burning down the house". Burning down the house. Talking Heads.