Los niños ya no vienen con un pan debajo del brazo o cuando la maternidad sigue penalizando a las mujeres
La desigualdad de género frustra el deseo de muchas madres de tener más hijos. Ven cómo sus carreras y salarios se quedan atrás respecto a los hombres
El INE custodia dos cifras fundamentales para el futuro demográfico del país. La primera, la tasa de fecundidad actual : 1,1 hijos por mujer. La otra, medida por última vez en 2018, la tasa de fecundidad deseada: 1,96. "Eso nos está diciendo que cualquier política que intente incentivar la natalidad tiene room for policy, tiene espacio para hacerlo, porque realmente la gente quiere tener más hijos", cuenta por videollamada Lidia Cruces, doctora en Economía e investigadora y docente en la Universidad Goethe de Frankfurt. Más del 73% de las mujeres, con y sin descendencia, que participaron en la encuesta de fecundidad de 2018 del INE declaró desear tener al menos dos hijos. ¿Pero qué tipo de medidas e incentivos ayudan realmente a que alcancen sus metas reproductivas? "No es obvio cómo hacerlo, porque es verdad que en muchos países se han adoptado medidas con esta intención y ningún país, prácticamente, ha conseguido revertir esta tendencia", expone Virginia Sánchez Marcos, catedrática de Fundamentos de Análisis Económico en la Universidad de Cantabria. "Te fijes en el país que te fijes, analices la política que analices, algunas ayudan más o menos, pero no solucionan el problema", coincide Cruces.
Entre 2007 y 2010, existió una ayuda directa a la maternidad, conocida coloquialmente como el cheque bebé, de 2.500 euros por nacimiento. Su introducción trajo consigo cierto aumento de los nacimientos y tras el aviso de su cancelación, en plena crisis, la caída fue mucho más pronunciada. "Tiene un efecto, pero es pequeño, no revierte las tendencias y es muy caro por niño", dice Libertad González, doctora en economía y profesora en la Universidad Pompeu Fabra. Este tipo de subvenciones puede adelantar el momento de ir a por el bebé, pero su huella en la fecundidad, en la decisión de tener o no descendencia o de ampliarla, es limitado. "Estamos gastando mucho dinero para ayudar a muchas familias, pero lo que es el incentivo a la natalidad en realidad afecta a pocas", asegura la experta sobre aquella medida. "Lo que hemos aprendido es que resultaría demasiado costoso aumentarla con ayudas. Lo que no quiere decir que no sean buenas por otras razones".
El principal motivo que arguyen las mujeres en el límite de su etapa fértil para haber tenido menos hijos de los deseados está relacionado con el ámbito laboral y la conciliación. Nuria Chinchilla, profesora de Dirección de Personas en las Organizaciones de IESE Business School, sostiene que las estructuras de trabajo no están pensadas para una persona con familia. Las empresas, asevera, han de tener en cuenta la persona completa y ser más humanas: "Que no quiere decir menos productiva". En los noventa, las medidas destinadas a compaginar ambas facetas de la vida se diseñaron de manera neutra, de modo que ambos progenitores podían solicitarlas. No hubo que esperar mucho para comprobar que eran las madres las que se acogían a ellas. Y que lo hacían —y lo hacen— pagando un peaje profesional y salarial. Por otro lado, al haber tenido peores condiciones laborales que sus parejas masculinas, sus carreras eran más prescindibles y sacrificables en favor de los cuidados. Sin olvidar que las empresas también interiorizan el rol de las mujeres como cuidadoras principales y trasladan este sesgo a las contrataciones y promociones. La penalización por la maternidad es un hecho, pero el castigo empieza con la mera capacidad reproductiva.
En los últimos años ha habido un giro de timón en el diseño de estas políticas hacia la corresponsabilidad. Los hombres, por norma general, siguen dedicando menos tiempo que las mujeres al trabajo doméstico y esto puede permear su disposición a la maternidad. El sociólogo danés Gøsta Esping-Andersen teorizó en sus trabajos que las tasas de fecundidad no se recuperarían hasta romper con el género y alcanzar la simetría en los cuidados. Básicamente, según sus postulados, el desplome de la natalidad era un efecto secundario y transitorio de la evolución hacia una sociedad equitativa. El tozudo retroceso de la fecundidad incluso en los países más igualitarios del norte de Europa pone en entredicho su premisa.
González ha estudiado el impacto de los permisos de paternidad en este asunto. El punto de partida era similar: si aumentaba la dedicación de los hombres, lo que facilitaría la tarea de la mujer, igual aumentaba la natalidad. "No habíamos contado con que, quizá, ahora sean los padres quienes no quieran tener más hijos si tienen que participar más en los cuidados a costa de su propia dedicación profesional", cuenta González. Las familias que hacen uso de estas licencias, dice la experta, no solo retrasan el siguiente hijo, sino que es más probable que no lo busquen. "Observamos que en este periodo el número de hijos deseados de las mujeres sube un poco y el de los hombres cae", apunta. Estas medidas contribuyen a igualar el terreno entre sexos y la sociedad las valora, pero no tienen por qué traducirse automáticamente en un aumento de la natalidad.
Para Cruces, los incentivos deben ir ligados a los obstáculos y las problemáticas que reporta la gente. Las escuelas infantiles son clave para la economista: "Soy defensora de que existan, que sean públicas, gratuitas y de que haya más", cuenta. "Hay mucha demanda y muy poca oferta", También sería beneficioso facilitar las reducciones de jornada y ofrecer apoyo a quienes cuidan de varios familiares de diferentes generaciones simultáneamente. La evidencia respalda, dice González, que lo que mejor funciona es que la sociedad en su conjunto esté diseñada para hacer la vida más cómoda a las familias. "Por desgracia no hay una fórmula mágica. Y, sobre todo, no hay una fórmula mágica barata", sentencia.
Información con base en Redacción Sinergia Empresarial. Redacción y edición: Sinergia Empresarial.



