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El apocalipsis laboral de la IA se pospone (por ahora)

Por Redacción Sinergia Empresarial · 04 de octubre de 2026 · 12 min
El apocalipsis laboral de la IA se pospone (por ahora)

Los expertos vislumbran más cambios cualitativos (reconversión de empleos, dificultades para los jóvenes) que cuantitativos (despidos masivos), pese a las predicciones catastrofistas de la industria, y alertan del alza de la desigualdad

Hay tres versiones del Apocalipsis de San Juan, un texto que nunca pierde vigencia, anticipando los impactos de la inteligencia artificial (IA). Una: la reciente y aterradora perspectiva de la muerte descendiendo de enjambres de máquinas autónomas asesinas impulsadas por la IA, en un trasunto del 2001 de Stanley Kubrik. Dos: un sector cuyas expectativas imposibles está hinchando la madre de todas las burbujas financieras hasta niveles que ríete tú de la Gran Recesión y sus uvas de la ira. Y tres: el fin del trabajo, la reconversión brutal y, a lo peor, la desaparición de millones de empleos, empezando por primera vez en la historia por los de la gente más formada, que puede llevar a la economía global camino de una depresión, a niveles de desigualdad imposibles y a una mezcla de tecnofatalismo, resentimiento y rabia (algo que ya sucede, dicho así entre paréntesis, pero elevado a la enésima potencia). Las utopías y las distopías son máquinas de novelar. Escupen titulares con pegada, latigazos líricos plagados de esdrújulas finiseculares y de sílabas hinchadas como nubes de tormenta. Pero a menudo impiden ver lo que de veras está pasando: que esas visiones hiperbólicas son interesadas. La mayor parte de esos miedos los están inoculando las propias empresas o los gobernantes que las protegen, pensando en su poder y en su cuenta de resultados.

El sociólogo y exministro Manuel Castells apunta que el miedo a la IA "es legítimo y hasta cierto punto lógico, porque los riesgos están ahí", pero en declaraciones a este diario añade que es "sospechoso" que sean las propias empresas del sector "las que están sembrando esos miedos en los legajos de papeles que presentan para sus salidas a Bolsa: meter miedo es una de las maneras de ganar dinero a espuertas". "Y es aún más sospechoso que China, que está replicando en seis meses las innovaciones en frontera, no parezca tener ni el más mínimo temor a ese supuesto armagedón protagonizado por la IA sin control", añade por teléfono, recién llegado de China, desmontando el primero de esos escenarios de pesadilla.

Al otro lado del Atlántico, Wall Street rebaja también la tesis de la crisis financiera, el segundo riesgo catastrófico: "No, no hay burbuja", despachan en pocas palabras fuentes financieras; "las empresas están invirtiendo sumas exorbitantes y en algún momento la burbuja aparecerá, como ocurre con todas las innovaciones disruptivas, pero de momento tanto las ganancias proyectadas como sus ingresos reales son sólidos". Los mercados incluso descuentan valoraciones más bajas de lo que tocaría ante la posibilidad de que algunas de esas empresas fracasen, remachan las mismas fuentes. Puede que los tecnomagnates de la IA estén presionando al alza los tipos de interés de la deuda, y ayudando con ello a incubar la próxima crisis. Acumulan montañas de endeudamiento para desarrollar esa herramienta, incluidos los centros de datos que succionan grandes cantidades de agua y de energía. Pero las guerras, la inflación y el activismo de los bancos centrales explican mucho más ese calentón de los tipos que la inteligencia artificial.

En el desmontaje de esas dos posibles hecatombes hay que sembrar las frases de condicionales para que la realidad y sus acelerones no acaben atropellando crónicas como esta. Pero el fin del trabajo, el tercer jinete del supuesto apocalipsis, parece aquel poema de Kipling, If. Está plagado de tonos grises, de predicciones amenazadoras, de relatos sombríos –y de nuevo interesados—, de momento poco o nada sustentados por esa antigualla que son los datos, las aburridas cifras oficiales. ¿Va a cargarse la IA millones de empleos? Para los amantes de las respuestas cortas, en una palabra: no. O mejor en una frase escueta: al menos a corto plazo, no. La respuesta larga incluye buenas dosis de matices. Depende de la velocidad con la que la IA se generalice y de cómo actúen empresas y Gobiernos. La balbuceante y ambigua respuesta sobre el impacto en el mercado laboral, en fin, está en la retahíla de párrafos, con media docena de voces autorizadas, que empiezan a partir de este punto y aparte.

Las cifras de empleo en toda la OCDE están en máximos históricos, pero los trabajadores están de los nervios. Las encuestas muestran a las claras que hay más miedo que en la Gran Crisis de hace casi 20 años, que se llevó por delante millones de empleos. El FMI estima que el impacto de la IA se dejará notar en el 60% de los empleos occidentales. Funcas cree que en España puede dejar en el paro a unos dos millones de personas en un horizonte de 10 años; el 59% de las horas de trabajo en España son técnicamente automatizables, según la consultora McKinsey. Las grandes empresas de la IA van más allá y agitan, una vez más, el espantajo de esos temores. Anthropic asegura que en Occidente el paro se puede ir a cotas del 10%, incluso del 20%, para 2030. Esas cifras han sido habituales en España, pero son propias de una depresión en otras latitudes: hay una película japonesa, Battle Royale, que empieza con algaradas sociales cuando la tasa de paro alcanza el 15% en Japón. Bill Gates, fundador de Microsoft, dice que en un mundo en el que la IA cumpla sus promesas las personas no serían necesarias "para la mayoría de las tareas". Y Sam Altman, de OpenAI, asegura que puede haber "una disrupción laboral significativa" a medida que las empresas se adapten.

El mantra que va calando es que son los empleos de cuello blanco, los más cualificados, los que más peligran. Eso es una novedad respecto a anteriores revoluciones tecnológicas. Además, los recién graduados son quienes más van a notarlo: la puerta de entrada en el mercado laboral se estrecha para los jóvenes.

Pero esas novedades habría que aliñarlas con datos, y aún no hay cifras que sustenten esas tesis: la IA ha creado un millón de empleos en el último año y ha destruido unos 200.000, según las estadísticas oficiales de EE UU. Un estudio de la universidad de Standford que analiza centenares de miles de ofertas de trabajo en 41 países apunta que las empresas que más usan la IA han aumentando su empleo un 3,3%. De repente se detectan problemas aquí y allá, en consultoría, entre los programadores, pero todavía son más anecdóticos que categóricos. Ni siquiera en los mercados más maduros, como el estadounidense, hay evidencia de que esa narrativa empiece a revestirse con el carisma frío de las estadísticas.

El apocalipsis laboral, en fin, se pospone de momento. Es posible que las máquinas acaben dejando a millones de personas sin un sueldo, pero lo más probable es que eso no suceda ahora. La máquina de vapor tardó cuatro décadas en asentarse: esta vez va a ser más rápido, pero podemos estar hablando de años; nadie se atreve a ponerle plazos a ese horizonte. Y, sin embargo, el relato ha arraigado tanto en la psique de nuestras sociedades que cabe preguntarles a los economistas, a los sociólogos, a los tecnólogos y hasta a los filósofos, por qué cuando una narrativa cala tan hondo corre el riesgo de convertirse en profecía autocumplida.

Los economistas consultados no son precisamente optimistas, pero evitan los tintes más funestos: a día de hoy se ven ordenadores e IA por todos lados menos en las estadísticas de competitividad. Simon Johnson, premio Nobel de Economía, asegura a EL PAÍS desde el Massachussets Institute of Technology (MIT) que se acabarán notando sus efectos, pero admite que por ahora el impacto se ve más en lo cualitativo (reorganización de las tareas) que en lo cuantitativo (despidos). Y que las consecuencias dependerán de las políticas públicas: "Al final la mezcla de IA y robotización va a provocar pérdidas de puestos de trabajo, pero el futuro es menos negro de lo que parece si el sector público y las empresas se concentran en capacitar de forma continua a la mano de obra", como ya hacen algunos países nórdicos. "No hay nada inevitable acerca de la IA, aunque sí es cierto que las decisiones que está tomando el sector tecnológico no son precisamente alentadoras", añade Johnson.

Juliet Schor, del Boston College, vaticina que más que despidos vamos a ver "caídas de las horas trabajadas" y "semanas laborales de cuatro días". Y otro premio Nobel, Daron Acemoglu, ve peligros más allá del empleo, por el lado de la desigualdad, una de las enfermedades económicas de esta época: en todo Occidente, los beneficios empresariales se han ido comiendo las rentas del trabajo, y Acemoglu prevé que esos números van a empeorar, con serios efectos sobre el malestar de las clases medias y sobre la maltrecha salud de las democracias. Una especie de crisis existencial en la que el riesgo, lejos de algunos argumentos de ciencia ficción, es que nos volvamos demasiado sumisos a las exigencias de la IA y eso acabe socavando el Estado de Derecho. Con Donald Trump y Elon Musk hemos visto ya una especie de aperitivo, con un tecnomagnate incrustado en la Casa Blanca y un multimillonario como presidente dispuesto a ayudar a Silicon Valley en lo que haga falta con el apoyo de la clase obrera en las urnas.

Si la historia económica sirve de guía, nunca la irrupción de una nueva tecnología ha perjudicado la demanda general de mano de obra. No hay apocalipsis tecnológicos: desaparecen algunos empleos, se crean otros y, sobre todo, cambian muchas de las tareas que realizan los trabajadores, que se ven obligados a adaptarse, a reciclarse, a formarse para mantenerse a flote en una especie de darwinismo laboral. Así sucedió con la Revolución Industrial, con la automatización, con llegada de la informática y, más recientemente, con la última oleada de nuevas tecnologías, a caballo entre el siglo pasado y el actual. El empleo total y la economía siguieron creciendo. Pero la historia no siempre se repite: siete de cada 10 estadounidenses creen que la IA va a hacer más difícil que nunca encontrar empleo, y uno de cada tres teme millones de despidos.

Los modelos más avanzados de IA van a toda velocidad. Hasta los matemáticos están asustados. Pero en algunas de las profesiones que todo el mundo daba por finiquitadas (radiólogos, asistentes legales) hay incluso más trabajo que antes. "Y aun así los occidentales están con el que viene el lobo. Los chinos no, porque son optimistas sobre su futuro. Pero las sociedades europeas y americanas creen que estamos ante una gigantesca reasignación de recursos que va a provocar convulsiones políticas", resume Castells.

Es curioso: Carlos Marx soñaba con una sociedad en la que las máquinas hicieran el trabajo pesado y permitieran al ser humano "cazar por la mañana, pescar por la tarde y hacer crítica literaria después de la cena". El liberal John Maynard Keynes deseaba algo muy parecido. Justo cuando eso puede suceder el miedo nos paraliza: el historiador pop Yuval Noah Harari alerta de la emergencia de una "clase inútil", con el peligro del nihilismo; la distopía, según ese relato, no es un futuro de robots terminators sino de humanos deprimidos. El filósofo Daniel Innerarity augura una transición espinosa parecida a la de la Revolución Industrial, o quizá a la de la revolución tecnológica de comienzos de siglo: "En algunos aspectos más radical, en otros más prometedora, cuando se automaticen tareas de poco valor añadido que permitan reasignar los recursos a tareas más productivas, más creativas". "La clave será regular esa transición para no dejar a la gente atrás: no se trata de frenar esa tecnología, sino de introducir los incentivos adecuados para aumentar el valor del trabajo y evitar una automatización excesiva", cierra Innerarity.

La IA es rabiosamente nueva, pero esos debates son como los ojos del Guadiana: han ido apareciendo puntualmente con cada revolución tecnológica. La automatización y la robotización ya golpearon el trabajo más rutinario (en las fábricas alemanas de coches, por ejemplo) y produjeron polarización (en el llamado cinturón del óxido de EE UU, por ejemplo). Brad DeLong, de Berkeley, explica en sus libros que la ola anterior ya se llevó espaldas, manos fuertes y la parte más automatizable del trabajo intelectual, y apuesta a que la IA nos va a dejar solo las sonrisas (los empleos del sector servicios, por ejemplo) y los trabajos para garantizar el control humano de la IA. En Alemania, la robotización no destruyó empleo: no hubo despidos, pero sí más dificultades para los jóvenes. Ese es de nuevo el canario en la mina: más que mirar las tasas de paro agregadas, los expertos abogan por monitorizar los flujos de entrada, especialmente entre los jóvenes y en las ocupaciones más expuestas. Ahí puede haber consecuencias graves, en la ruptura de las carreras profesionales de los recién graduados.

Andrés Monroy, profesor de Princeton, afirma que hacer pronósticos ha sido siempre una profesión de alto riesgo, pero es el más difícil todavía en una tecnología que avanza exponencialmente. "Hay que tomarse con escepticismo los sesgos excesivamente pesimistas, otras olas ya acabaron con los ascensoristas y los porteros y el mundo sigue girando". "Pero conviene tomarse en serio lo que viene, porque va a afectar a todas las profesiones, a todos los sectores, a todos y cada uno de nosotros: la IA va a crear y a destruir empleo, pero sobre todo va a cambiar el mercado laboral de arriba abajo", añade este investigador. Monroy señala al rey desnudo: "El mayor riesgo es que el modelo económico de la IA está excesivamente centralizado en un puñado de empresas. La dependencia excesiva de una herramienta de la que no somos dueños es muy peligrosa", reflexiona. "Las grandes empresas de EE UU están pidiendo regulación, pero ojo porque lo que quieren en realidad es acabar con las fuentes abiertas, que es el modelo elegido por China, para quedarse con todo el pastel", advierte.

Los escenarios extremos, en fin, han entrado de lleno en el relato que nos contamos sobre la IA. El colapso del empleo aún no ha llegado, pero los expertos consultados coinciden en la obligación del Estado de crear redes de seguridad. Entre las herramientas hay quien aboga por ralentizar el cambio: China insta a sus empresas a adoptar la IA sin despedir empleados, por ejemplo. En el debate está también la necesidad de subir los impuestos al capital y bajarlos sobre el empleo. Hay quien pide gravámenes para los centros de datos. Y hay un llamamiento a Europa a hacer los deberes, a invertir, a no seguir quedándose atrás. Incluso se ha reavivado la idea de una renta básica universal, algo que hace unos años era una utopía poco o nada factible.

¿Qué dicen los pensadores sobre el futuro del trabajo? El sociólogo estadounidense Richard Sennet escribió un puñado de libros en la primera década del siglo XXI en los que retrataba un escenario hostil donde los cambios estructurales en el empleo destruían los pilares de la identidad humana. Vio venir algunos de los requiebros más feos de estos tiempos de venganza y fundamentalismo. Acertó muy a menudo. En una conversación con este periódico, Sennet coincide en que no se vislumbra el apocalipsis laboral, pero sí ve sociedades cada vez más vulnerables, más desiguales, con una brecha "entre empleos de primer nivel con salarios multimillonarios y puestos de trabajo de bajo nivel con sueldos de miseria". El parteaguas es la tecnología: "No solo la IA, también esa alineación que ya sufrimos con los llamados teléfonos inteligentes. Es curioso porque todas esas herramientas se describen a sí mismas como inteligentes, pero si somos tan bobos como para darles un mal uso somos nosotros quienes dejaremos de ser inteligentes". "Viene un mundo muy confuso. Pero a partir de esa confusión el relato sobre lo que se avecina se nutre básicamente de conjeturas", admite. Sennet nació en Chicago y vive en el Reino Unido, pero parafrasea un refrán caribeño: lo más seguro es que quién sabe.