Clara Mattei: "Los gobiernos deben impedir que la vivienda se trate como un activo financiero"

La economista italoestadounidense sostiene que la democracia y el capitalismo no son compatibles y aboga por recuperar los bienes públicos para empoderar al trabajador
Clara Mattei (Walnut Creek, California, 38 años) tiene algo de Pasionaria italoestadounidense. Habla con una fuerza desbordante y aunque esté frente a una presentación sobre la evolución del capitalismo, parece que arenga al auditorio a sublevarse. Esta catedrática de Economía en la Universidad de Tulsa (Oklahoma) es una de las nuevas musas de la izquierda. En un sector como el del pensamiento económico, dominado por hombres, la voz de Mattei se ha unido a las de Isabella Weber y Mariana Mazzucato para incitar a un cambio radical en el capitalismo imperante. Mattei aboga por la ruptura del actual sistema; Weber busca una reestructuración profunda y Mazzucato es una reformista.
En su último libro, Escapar del capitalismo, (Ed. Capitán Swing), Mattei hace un recorrido histórico sobre las sinergias del capitalismo con el fascismo, detallando los instrumentos de los que se ha valido el sistema para "disciplinar" a los trabajadores y hacerlos dependientes de la provisión de bienes básicos. En la vida real, ha fundado el Forum for Real Economic Emancipation, un espacio asambleario de debate que intenta revertir el sistema. La entrevista se realizó recientemente en Córdoba, donde intervino en el Congreso de la Fundación 1 de mayo de Comisiones Obreras.
Pregunta. En su libro defiende que la democracia no es compatible con el capitalismo. ¿Por qué?
Respuesta. Porque debemos entender la democracia no solo como una democracia electoral, basada en esta falsa idea de que la elección consiste en decidir a quién votar, sino como la capacidad de decidir qué producimos y por qué lo producimos. El capitalismo se sostiene sobre el trabajo no remunerado de la mayoría y sobre el hecho de que la mayoría acude a trabajar sin tener voz sobre lo que hace. El objetivo, que es la acumulación de beneficios, es algo que las personas tienen que aceptar como la única forma de ganarse la vida.
Este sistema es antidemocrático: se basa en la coerción económica. No tenemos otra alternativa que trabajar para otra persona y no participamos en la decisión de cuáles son las prioridades de nuestra sociedad. Necesitamos construir instituciones alternativas en las que los jóvenes y todas aquellas personas que sufren esta violencia, algo que vemos hoy en toda Europa y otros lugares, puedan participar y recuperar el poder de tomar decisiones colectivas.
P. ¿Es el cooperativismo la única forma democrática de organizar una empresa?
R. Creo que es, sin duda, una parte importante de la forma en que podemos conseguir que los trabajadores participen. Las cooperativas también tienen sus límites, pero sí: la idea es que las personas participen de manera concreta tanto en el conocimiento que producimos, como en los bienes y servicios que generamos. Las cooperativas son democráticas en la medida en que pueden ser soberanas y, en teoría, romper con la concentración de la producción y del poder económico.
P. En relación con esa dependencia del mercado, los países europeos tienen Estados del bienestar amplios, pero han externalizado los bienes comunes, como el agua, la educación o la vivienda.
R. Esas son formas de austeridad: privatizaciones, subvenciones a empresas privadas que gestionan la vivienda y otros servicios con ánimo de lucro. Se trata de defender cosas que el sistema destruirá si no las protegemos activamente y, además, de recuperarlas para gestionarlas nosotros mismos.
P. En cuanto a la vivienda, que ahora mismo es el gran tema de debate en España, ¿cómo se puede reducir la dependencia del trabajador del mercado inmobiliario?
R. En el Forum for Real Economic Emancipation estamos trabajando, por ejemplo, con la figura del community land trust. Es un modelo que puede funcionar en Estados Unidos; no estoy segura de cuál sería su encaje jurídico en España, pero la idea es que la propiedad y la gestión de un inmueble estén en manos de una comunidad. De este modo, la vivienda deja de ser un activo que puede comprarse y venderse libremente y pasa a ser algo que debe ser preservado por la propia comunidad. Si logramos dar a las viviendas una protección legal distinta, considerándolas no como mercancías sino como bienes comunes gestionados colectivamente, entendemos que la vivienda es mucho más que una vivienda.
P. Pero eso suena un poco marginal. No parece algo capaz de cambiar el sistema en su conjunto, sino más bien una forma alternativa de vivir al margen de él.
R. Estas experiencias deberían servir para presionar a los gobiernos a aprobar leyes que impidan que la vivienda siga tratándose como un activo financiero. La legislación debería orientarse a controlar el capital y a limitar la expansión del capital privado. Los gobiernos actuales no lo harán si no existe una presión organizada y sostenida. Los Estados capitalistas están diseñados para proteger la acumulación de capital, no para satisfacer las necesidades de la población y protegen las necesidades de la gente cuando esta es capaz de movilizarse y exigirlo.
P. Pensemos en Francia. Tiene el sector público más grande de Europa. Sin embargo, no tiene dinero para sostener sus servicios públicos.
R. Debemos romper con la narrativa según la cual la austeridad es necesaria porque la gente vive por encima de sus posibilidades. El problema es que este sistema no puede satisfacer esas necesidades. Luego uno se pregunta cuánto gasta Francia en defensa, control fronterizo o militarización, y descubre que el gasto militar no deja de crecer. La gente está cansada de escuchar que ya no hay dinero y que, por tanto, es necesario recortar los servicios públicos. No hay dinero porque no se grava suficiente a los más ricos. Los impuestos sobre el patrimonio prácticamente han desaparecido, los impuestos sobre sucesiones se han reducido y la tributación de las ganancias de capital sigue siendo muy baja. Existe una decisión política clara de no gravar la riqueza ni el capital.
Además, una parte enorme del gasto público se destina a subvencionar a inversores privados.
P. En el libro plantea que se ha sustituido el concepto de clase trabajadora por el de clase media. Como si la clase media fuera el ideal al que todos debemos aspirar y la clase trabajadora fuera un fracaso. ¿Cómo se produjo ese cambio?
R. La narrativa de la clase media destruye uno de los principios fundamentales de una economía política crítica: que el capitalismo se organiza, en esencia, en torno a dos posiciones. Por un lado están quienes poseen los medios de producción y toman las decisiones: los accionistas y los directivos que representan sus intereses. Por otro, quienes dependen del mercado y solo tienen una opción para sobrevivir: vender su trabajo a cambio de un salario. La idea de la clase media confunde las aguas porque se limita a observar los ingresos. Pero la cuestión relevante no es cuánto ganas, sino qué posición ocupas dentro del proceso productivo. Lo que vemos es que, salvo que existan mecanismos para sostener determinados niveles de vida, la sociedad tiende a polarizarse entre esas dos clases.
Esa narrativa busca despolitizar nuestra comprensión del capitalismo. Nos hace creer que todos podemos prosperar y ser felices, que existe un espacio intermedio para todo el mundo. Sin embargo, la realidad del capitalismo es que se basa en dos clases y que la llamada clase media es, en realidad, clase trabajadora. Y esa clase trabajadora o se organiza para defender y mejorar sus condiciones de vida o verá cómo el aumento de la explotación acaba imponiéndose y revelando lo que siempre ha sido.
P. Una idea central de su teoría es que la lucha contra la inflación por parte de los bancos centrales se basa, en última instancia, en disciplinar a través del desempleo. El mandato de los bancos centrales es mantener la inflación bajo control. Lo que sí hacen muy bien las subidas de tipos es aumentar la tasa de explotación. Cuando los tipos de interés suben, el mercado laboral se debilita y el desempleo aumenta. Y, como sabemos, el desempleo es un mecanismo para disciplinar a los trabajadores y empujarlos a aceptar salarios más bajos. Cuando hay más desempleo, el poder de negociación disminuye. Los bancos centrales forman parte de la aplicación tecnocrática de la austeridad y habría que impulsar procesos de nacionalización. Pero el problema no es solo la propiedad pública si esta sigue estando en manos de tecnócratas. Lo que necesitamos, una vez más, es una gestión colectiva de esas instituciones.
En su libro defiende que la democracia no es compatible con el capitalismo.
¿Es el cooperativismo la única forma democrática de organizar una empresa?
En relación con esa dependencia del mercado, los países europeos tienen Estados del bienestar amplios, pero han externalizado los bienes comunes, como el agua, la educación o la vivienda.
En cuanto a la vivienda, que ahora mismo es el gran tema de debate en España, ¿cómo se puede reducir la dependencia del trabajador del mercado inmobiliario?



