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La IA quiere el dinero de los inversores, pero no sus opiniones

Por El País — Economía · 02 de noviembre de 2026 · 5 min
La IA quiere el dinero de los inversores, pero no sus opiniones

SpaceX y Anthropic apuestan por estructuras de capital con acciones de voto múltiple, que limitan el papel de los inversores, mientras que colocan en el mercado grandes paquetes accionariales

La revolución de la IA y el salto a Bolsa de sus grandes protagonistas, SpaceX, Anthropic y OpenAI, están removiendo los cimientos de la democracia capitalista. El debut de las dos primeras compañías en el parqué, que supondrá la colocación de grandes cantidades de acciones en el mercado, viene acompañado de una transformación de la gobernanza empresarial que aparca el principio de una acción, un voto para otorgar un mayor peso a sus fundadores. Un modelo de gobernanza que provoca recelos entre los grandes inversores institucionales, al limitar sustancialmente la capacidad de los accionistas para participar en las decisiones de estas empresas. Todo para el inversor, pero sin el inversor.

Si SpaceX decidió crear una estructura de acciones dual para su salida a Bolsa con la que blindar el poder de Elon Musk, al otorgar diez derechos de voto a cada título de clase B por cada derecho de voto de las acciones de clase A, Anthropic ha llevado este modelo accionarial a otro nivel. El laboratorio de IA tendrá cinco tipos de acciones distintas, de las que solo cotizarán las de clase A. Entre todas ellas destaca la clase F: la empresa emitirá un único título que aglutinará el 50,1% de los derechos de voto en todos los asuntos sometidos a la junta de accionistas, incluido el nombramiento de la mayoría de los miembros del consejo de administración. Esta superacción estará en manos de los fundadores de la empresa. "Creemos que nuestros siete cofundadores, Dario Amodei, Daniela Amodei, Tom Brown, Jack Clark, Jared Kaplan, Sam McCandlish y Christopher Olah, reúnen como grupo unas condiciones singulares para velar por nuestra misión", apunta el folleto.

En las 355 páginas del documento, repleto de incontables equis que irá rellenando poco a poco conforme sondee la demanda de los inversores, Anthropic detalla que cuenta "con una estructura de capital y de gobierno corporativo novedosa", para lo cual se ha constituido como sociedad de beneficio público (public benefit corporation). Una fórmula que, según argumenta la compañía, está en línea con su compromiso "con la seguridad y el desarrollo responsable de la IA" y por la que, añade, está obligada a equilibrar los intereses de los inversores y de la sociedad para defender "el desarrollo y mantenimiento responsables de una IA avanzada en beneficio a largo plazo de la humanidad".

La oleada de grandes salidas a Bolsa ligada al furor que genera la IA ha reabierto un debate entre los inversores institucionales sobre la conveniencia de invertir o no en empresas con acciones duales. Un debate que ya llevó al S&P 500 a vetar, entre 2017 y 2023, la inclusión de nuevas empresas que contaran con una estructura dual y que provocó que, entre 1926 y 1984, la Bolsa de Nueva York prohibiera este tipo de acciones con derechos de voto diferenciados. Un logro de William Ripley, profesor de Economía Política de Harvard, firme defensor del principio de una acción, un voto y que llegó a calificar estas estructuras de "infamia suprema".

El mayor fondo soberano del mundo, el de Noruega, viene insistiendo en los últimos meses en la pérdida de derechos a la que se están viendo sometidos los pequeños inversores de empresas cotizadas, pilar último sobre el que se sustenta el buen funcionamiento del mercado, y se ha mostrado contrario al uso de acciones de voto múltiple en las salidas a Bolsa. "Los derechos de voto desiguales pueden afianzar a la dirección y exponer a los accionistas minoritarios a un mayor riesgo de decisiones que reduzcan el valor de la empresa", han llegado a apuntar los responsables de Norges Bank Investment Management (NBIM), la división del banco central de Noruega encargada de gestionar más de 2,3 billones de dólares en más de 7.000 empresas cotizadas. Pese a sus críticas, el fondo entró en la OPV de SpaceX y controla un 0,05% de la empresa. Recelos sobre los que también ha incidido la OCDE que ha apuntado que su adopción "puede limitar la influencia" tanto de los inversores institucionales como de los pequeños accionistas.

Un rechazo que también muestra Institutional Shareholder Services (ISS), el principal asesor de voto del mundo (proxy advisor), que considera que las estructuras de voto dual suscitan problemas de gobierno corporativo, de ahí que recomiende votar a los accionistas en contra de este tipo de arquitecturas. Ahora bien, desde este año ha incorporado una excepción para aquellas empresas que recurran a este tipo de acciones duales durante un tiempo determinado. Entre las grandes asociaciones de inversores institucionales, el Investor Stewardship Group (ISG) ha mostrado su rechazo, mientras que el Consejo de Inversores Institucionales (CII, por sus siglas en inglés) da un paso más y limita la utilización de estas estructuras a siete años.

Joe Amato, responsable de inversiones de Renta Variable de la gestora Neuberger reconocía en un informe ligado a la salida a Bolsa de SpaceX que "la innovación requiere paciencia, y los mercados a menudo premian la certeza a corto plazo por encima de la creación de valor a largo plazo". Pese a ello, recuerda que estas estructuras, ligadas a la dependencia hacia los fundadores, pueden ser un problema a futuro: "La cuestión no es si se desea un control afianzado ahora, sino si se seguirá deseando tras una sucesión, un cambio estratégico o una crisis empresarial".

Lo cierto es que ni SpaceX ni Anthropic han descubierto la pólvora. Entre las empresas tecnológicas, este modelo no es ninguna novedad. Alphabet y Meta tienen una estructura dual de acciones que otorga a sus fundadores diez votos por cada una de sus acciones de clase B, frente a un voto por cada título de clase A, que son las que se negocian en Bolsa. Berkshire Hathaway también tiene dos tipos de acciones, aunque en su caso se crearon para que los pequeños inversores pudieran participar con mayor facilidad en la compañía. Las acciones de clase A cotizan a 817.500 dólares y las de clase B, a 541 dólares, cuando todavía no era posible comprar acciones fraccionadas en ningún bróker.

También cuentan con este tipo de estructuras Ford, numerosas cotizadas suecas y, en España, Puig. En estos casos, la utilización de derechos de voto diferenciados está ligada al peso de las familias fundadoras. Así, mercados como los de Reino Unido y España han aprobado en los últimos años su uso para tratar de incentivar las salidas a Bolsa. En casos extremos, incluso se ha llegado a frenar su utilización: WeWork se vio obligada a suspender su salida a Bolsa tras presentar una estructura que otorgaba a su fundador 20 derechos de voto por cada acción. Los 40.000 millones de dólares en que llegó a valorarse la empresa en 2019 se desvanecieron en cuestión de horas y la euforia del mercado por los espacios de coworking se esfumó. Euforia que desde hace tiempo sobrevuela en la IA.