José Antonio Rojas Nieto: La marcha de la economía estadunidense: la última

La preparación de México para una nueva etapa de integración económica con Canadá y Estados Unidos suele evaluarse mediante exportaciones, inversión extranjera, empleo, tipo de cambio y crecimiento del producto.
a preparación de México para una nueva etapa de integración económica con Canadá y Estados Unidos suele evaluarse mediante exportaciones, inversión extranjera, empleo, tipo de cambio y crecimiento del producto. Indicadores fundamentales. Sin duda. Pero insuficientes. Para conocer nuestra verdadera posición conviene observar también la producción industrial, la capacidad productiva instalada y el grado en que esa capacidad se utiliza. A más de diversos indicadores que den cuenta de las condiciones de vida de la población.
México cuenta con una base manufacturera considerable. Automóviles y autopartes. Equipo aeroespacial. Equipo eléctrico. Aparatos electrónicos. Electrodomésticos. Dispositivos médicos. Alimentos y bebidas. Productos químicos, metálicos y de plástico. Durante más de tres décadas esta estructura se integró crecientemente a la economía estadunidense. Eso permite que hoy, una parte importante de la producción mexicana llegue rápidamente al mayor mercado del mundo.
Pero capacidad exportadora no significa necesariamente capacidad tecnológica propia. Ni integración comercial equivale automáticamente a integración productiva. Una proporción considerable de nuestras exportaciones incorpora maquinaria, componentes, materiales, patentes y servicios tecnológicos importados. México ensambla eficientemente. Produce numerosos bienes finales. Pero todavía fabrica una parte limitada de los equipos y componentes estratégicos que hacen posible esa producción.
Hay, además, una diferencia decisiva entre capacidad instalada y capacidad utilizada. Hay una diferencia fundamental entre lo que nuestras plantas podrían producir con sus equipos, instalaciones, trabajadores y organización actuales y lo que producen efectivamente. Una planta puede ampliar naves y maquinaria, pero operar parcialmente por falta de pedidos, energía, agua, crédito, insumos e, incluso, personal especializado. El desafío no es sólo atraer fábricas. El reto es que operen sostenidamente y generen encadenamientos nacionales. Las señales recientes obligan a la cautela. ¡Llaman a rebato!
Luego de la recuperación de la pandemia, los indicadores de producción no han mejorado, aunque tienden a ser "menos negativos". Se sostienen márgenes de utilización manufacturera relativamente bajos, con mas de 10 puntos de capacidad ociosa. No estamos ante un desplome. Pero tampoco ante una expansión industrial vigorosa. La nueva inversión –tímida aún– convive con una producción prácticamente estancada.
Esta circunstancia adquiere importancia ante la revisión del T-MEC. Estados Unidos ha colocado en el centro de las negociaciones las reglas de origen, los automóviles, el acero, el aluminio, la seguridad económica y la reducción de insumos procedentes de países ajenos a la región. México, Estados Unidos y Canadá enfrentan así la posibilidad de avanzar desde un acuerdo predominantemente comercial hacia una política productiva de América del Norte.
México tiene ventajas excepcionales. Cercanía geográfica. Amplia red logística. Experiencia manufacturera. Trabajadores capacitados. Costos competitivos. Acceso preferencial a los mercados regionales. Una extensa relación empresarial con Estados Unidos y Canadá. Y una población considerable que puede convertirse en fuente de demanda interna, ingeniería, innovación y trabajo especializado.
Pero también enfrenta limitaciones severas. Insuficiente producción de bienes de capital. Dependencia tecnológica. Bajo contenido nacional en numerosas cadenas exportadoras. Escasez de financiamiento de largo plazo. Infraestructura ferroviaria, carretera, portuaria, hidráulica y eléctrica insuficiente en varias regiones. Débil articulación entre grandes empresas y proveedores mexicanos. Y una inversión en investigación y desarrollo todavía muy inferior a la necesaria.
La disponibilidad de electricidad será determinante. Una nueva etapa industrial exige generación suficiente, redes de transmisión y distribución, subestaciones, almacenamiento, gas de respaldo y suministro confiable. Es preciso garantizar energía, agua, conectividad y buenas condiciones de vida a los trabajadores. La infraestructura debe adelantarse a la inversión, no llegar cuando las plantas ya enfrentan restricciones.
La revisión del T-MEC debe convertirse en el punto de partida de una verdadera política industrial. México debería proponer metas regionales de producción de transformadores, motores, semiconductores, acero especial, equipo ferroviario, baterías, dispositivos médicos, maquinaria, conductores, componentes solares y eólicos. Con reglas de origen que reconozcan el valor producido en la región, pero que impulsen también el contenido mexicano.
La pregunta no es solamente cuánto podremos exportar a Estados Unidos y Canadá. Es cuánto valor podremos producir aquí. Cuánta tecnología podremos dominar. Cuántos proveedores nacionales podremos desarrollar. Y cuánta de la nueva capacidad instalada podrá operar efectivamente. México está preparado para participar en una nueva economía norteamericana. Pero no necesariamente para aprovechar plenamente sus beneficios.
Para lograrlo necesita pasar del ensamble a la manufactura integral. De la atracción indiscriminada de inversión a la selección de actividades estratégicas. Y de la apertura comercial pasiva a una política productiva, energética, tecnológica y financiera explícita. No basta compartir un mercado. Hay que compartir la construcción de capacidades. Y asegurar que México participe en ella con infraestructura, tecnología, trabajo calificado y gran capacidad productiva. De veras.
Información con base en Redacción Sinergia Empresarial. Redacción y edición: Sinergia Empresarial.


