¿De verdad son los estadounidenses más ricos que los europeos?

La brecha tecnológica entre EE UU y Europa no se traslada de forma automática al nivel de bienestar ni el poder adquisitivo de sus ciudadanos, pero el declive industrial de la UE pasará factura a largo plazo
¿Es más rico, rico del todo, un estadounidense o un europeo? ¿Está Europa empobreciéndose tanto como hemos oído últimamente? Si torturas bien una estadística, acabará confesando lo que quieras. El debate sobre la brecha de productividad y riqueza que separa a Estados Unidos y Europa ha quedado salpicado en cierta medida por el espíritu de este viejo chiste de economistas. Porque, sin necesidad de mentir en los datos, hay cálculos que favorecen unas conclusiones frente a otras.
La pérdida de productividad de la economía europea frente a la estadounidense, impulsada sobre todo por el nuevo bum tecnológico, ha sido puesta de relieve especialmente a raíz de la pandemia de la covid y motivo de alerta roja en el tan traído y llevado informe Draghi . La expresión euroesclerosis , acuñada en 1985 por el economista alemán Herbert Giersch, de dudoso gusto para hablar del estancamiento económico del momento, ha vuelto a habitar en titulares de tribunas y estudios. Una tribuna reciente del The Wall Street Journal se encabezaba así: " ¿Qué pasará cuando los europeos se den cuenta de lo pobres que son? ".
Pero ese diferencial en productividad, muy real, no se traslada de forma automática al bienestar de sus ciudadanos. Si uno compara la capacidad adquisitiva de unos y otros, no se topa con un empobrecimiento dramático del ciudadano europeo con relación al estadounidense.
Y, eso, dejando al margen otros asuntos sociales de fondo, como la desigual esperanza de vida (hasta los estadounidenses más ricos tienen menor esperanza de vida que sus contrapartes europeos, según una investigación de 2025 de la Universidad de Brown) o de criminalidad (la tasa de homicidios intencionados rozaba el 6 por cada 100.000 habitantes en EE UU en 2023, frente la cifra de 1 en Europa).
Dentro del ámbito estrictamente económico, la cuestión es qué tipo de datos sirven para explicar de forma cabal cuán rico es un país, entendiendo país como población en conjunto, y, muy especialmente, cuáles son las implicaciones futuras de esos datos. Para analizarlo, hay que hablar de poderío industrial y de peluquerías, de inteligencia artificial y de hamburguesas. ( Spoiler : sí hay respuestas a las preguntas).
El informe Draghi lo describe con datos muy ilustrativos: la brecha entre el producto interior bruto (PIB) de Estados Unidos y la UE (con los precios de 2015 como base) per cápita ensanchó del 31% de 2002 al 34% de 2023 (en términos de igual paridad de compra, con base de 2015). Y solo el 30% de esta diferencia se debe al menor aumento de la población activa, mientras que el 70% de la brecha, es consecuencia de la menor productividad europea.
El primer asunto hay que tener en cuenta para comprender los números es el peso espectacular que significan las nuevas tecnologías en la economía de Estados Unidos. Según un trabajo de la Reserva Federal de Chicago , el sector de las TIC es responsable en solitario del 45% de todo el crecimiento de la productividad del país en los últimos cuarenta años. A pesar de que su peso en la producción de bienes y servicios en el sector privado tuvo un promedio de solo el 8% a lo largo del mismo periodo. Esto no quiere decir que el resto de la economía no se vea beneficiada de este dinamismo. Una parte de esa productividad y riqueza permea al resto de sectores. Y Europa es realmente débil en la nueva industria: solo cuatro de las 50 grandes tecnológicas del mundo son europeas.
Pero este predominio tecnológico de Estados Unidos tiene dos consecuencias. La primera es que concentra buena parte de los beneficios multimillonarios y de los salarios más elevados asociados a la economía digital. La segunda es que las ganancias de productividad generadas en Estados Unidos no se limitan a su mercado: contribuyen a abaratar productos y servicios tecnológicos para el resto del mundo, lo que también mejora el poder adquisitivo de consumidores europeos.
A pesar de ese beneficio global asociado al desarrollo tecnológico estadounidense, persiste una aparente paradoja: si su productividad ha crecido mucho más deprisa que la europea, ¿por qué la diferencia en nivel de vida no es todavía mayor? En respuesta corta: porque el poderío de una parte de la economía -"pequeña" en términos relativos, pero que lleva la batuta del crecimiento- acaba por encarecer el resto del sistema.
Imaginemos una economía A formada solo por una fábrica de automóviles de última generación y un peluquero. Y una economía B formada por una procesadora de tomates y un peluquero. En ambos países, el trabajo manual del peluquero es igual de productivo, pero su coste es mucho más elevado en la economía A, la más productiva, porque se trata de un producto "no transable", que no se puede importar de otros sitios, y, cuanto más aumenta la productividad de un sector, más sube el precio en el resto.
Es decir, no es lo mismo cortarse el pelo en la Quinta Avenida que en la calle Mayor de un pueblo de Castellón, aunque el trabajo manual tijera en mano sea esencialmente el mismo. Técnicamente, este fenómeno se conoce como el efecto Balassa-Samuelson y explica por qué parte de esa riqueza se la come la subida del sector de la vida. Es decir, aunque ganes más, no eres más rico.
Por eso se necesita una herramienta estadística llamada Paridad de Poder Adquisitivo (PPA), que sirve para comparar el coste de la vida y la riqueza real entre países a partir de una moneda base. The Economist lo aplicó de forma muy ilustrativa creando el Índice Big Mac, que cumple 40 años el próximo mes de septiembre. La idea es sencilla: utiliza esta famosa hamburguesa como base por ser un producto presente en la mayor parte de países y de características muy similares, así que el esfuerzo de un ciudadano por hacerse con esta comida es una forma de medir su capacidad de compra.
Los organismos internacionales calculan este PPA a partir de una cesta de productos también similar y, con este baremo, "la brecha entre Estados Unidos y Europa es mucho menor de lo que nos dice la brecha de productividad", explica el economista Manuel Alejandro Hidalgo. Este ha calculado la evolución del PIB de las dos economías en PPA por hora trabajada y la diferencia con EE UU se ensancha muy levemente desde la covid y, en cualquier caso, es inferior al 10% (ver gráfico).
"Europa ha conseguido mantener su nivel en poder adquisitivo respecto a EE UU gracias a que se ha abaratado en algo más de un 20% respecto a EE UU y ese es un tipo de convergencia que no nos gusta. La convergencia en renta no ha ido acompañada de la convergencia en precios, por eso hablamos de convergencia low cost ", explica Rafael Doménech, responsable de Análisis Económico de BBVA Research, quien contrapone el caso de China, que en el periodo 1900-2023 sí ha convergido tanto productividad (18 puntos) como en precios (21 puntos). "Los europeos mantenemos nuestra capacidad de compra con relación a EE UU, pero solo dentro de nuestras fronteras", remacha.
El sector industrial europeo frente a la innovación estadounidense, y cómo se traduce esto en la vida de sus ciudadanos, siempre ha desatado intensos debates porque van mucho más allá de lo económico y, en el fondo, contraponen modelos de país diferentes, en lo político y lo social. Este verano han sido el Nobel Paul Krugman, por una parte, y los economistas Luis Garicano, Philippe Aghion (Nobel en 2025) y Antonin Bergeaud, por otro, los que le han replicado en un largo artículo conjunto . De forma muy resumida, según Krugman, se ha exagerado el relato de la decadencia europea y de una Europa condenada a quedar relegada a un "museo de glorias pasadas". La zona euro, argumenta, apenas ha perdido respecto a EE UU si se compara el PIB per cápita medido en paridad de poder adquisitivo (PPA), con precios corrientes, es decir, con los precios relativos de cada año. Según los datos de BBVA Research, este baremo de PIB en la UE de los 27, mejora del 60% de principios del 2000 respecto al nivel 100 de EE UU, al 74% más reciente. Y la UE de los 15, la más avanzada, se mantiene en el entorno del 80% a lo largo de los años respecto a EE UU. Y Krugman no cuestiona los datos de productividad, pero sí la repercusión que estos tienen en los estándares de vida.
Aghion, Garicano y Bergeaud, replican que su argumento se basa en la métrica equivocada y, además, sirve para "respaldar a quienes alegan que Europa no requiere grandes cambios en sus políticas de crecimiento". La comparación que estos economistas defienden relaciona las tasas de crecimiento reales de PIB (es decir, descontando la inflación) con el PPA de un año base (por ejemplo, 2015). La UE de los 15, la más avanzada, ha visto aumentar su brecha en 14 puntos desde 1990, cuando estaba en el 90%.
Todos los datos son correctos, el debate estriba en cuáles consideran más fidedignos para describir la riqueza de cada país. Están comparando el PIB en paridad de compra en moneda corriente frente al PIB en moneda constante, algo que, aunque parece una discusión para muy cafeteros, se puede explicar de forma relativamente sencilla: en dólares corrientes, contamos los productos y servicios que se pueden comprar con la riqueza de un país según el precio relativo de cada año.
Información con base en Redacción Sinergia Empresarial. Redacción y edición: Sinergia Empresarial.



