En un mercado global presionado por prácticas desleales, la apuesta más sensata para Norteamérica no es el aislamiento, sino la coordinación. Un T-MEC renovado —con reglas claras, trazabilidad real y cadenas de valor profundas— puede desplazar una parte relevante de las importaciones de acero de China y convertir la coyuntura en reindustrialización.
México ha endurecido su defensa comercial frente al acero que entra con subsidios o triangulado desde terceros países. El objetivo no es cerrar la puerta, sino ordenar la competencia. La región tiene músculo industrial, talento y cercanía geográfica; lo que necesita es alinear incentivos, homogeneizar criterios de verificación y acelerar inversiones donde duele: capacidades de laminación y galvanizado, aceros especiales, logística y energía confiable.
El reto es eminentemente norteamericano. Estados Unidos absorbe alrededor de 15% del consumo de acero de México, y México representa en torno al 2% del consumo estadounidense. Esa interdependencia ya existe y funciona; el siguiente paso es escalarla con contenido regional más alto, reglas de origen exigibles y una frontera inteligente que identifique y frene el desvío de comercio sin frenar la producción legítima. No se trata de levantar muros, sino de construir un mercado integrado que compita por calidad, tiempos y trazabilidad.
Un T-MEC fortalecido debería aterrizarse en cuatro frentes. Primero, defensa y cumplimiento: controles de acceso robustos, auditorías coordinadas, intercambio de datos aduaneros en tiempo casi real y mecanismos anti-elusión que cierren huecos regulatorios. Segundo, capacidad productiva: proyectos que expandan y modernicen plantas, con prioridad a aceros para automoción, energía e infraestructura. Tercero, logística: corredores multimodales, ventanillas únicas y tiempos de despacho predecibles; la competitividad del acero también viaja en ferrocarril y carretera. Cuarto, energía y sostenibilidad: proveeduría eléctrica estable y una hoja de ruta para acero de menor intensidad de carbono que preserve acceso a mercados exigentes.
México está bien posicionado para ser pivote. La combinación de base manufacturera, cercanía a los grandes centros de demanda y una política pública orientada a desarrollar cadenas de valor le permite convertirse en plataforma de inversión para el acero que la región necesita. Esa plataforma debe apoyarse en certeza regulatoria, incentivos con métricas claras y una oferta de talento técnico que acompañe el crecimiento de las plantas. También requiere una narrativa compartida: el acero norteamericano no compite contra el mundo por decreto, sino por desempeño.
Para el empresariado, la lectura es pragmática. Quien invierta temprano en trazabilidad, certificaciones, digitalización de patios y mantenimiento predictivo, ganará contratos en el nuevo estándar regional. Quien diseñe alianzas de proveeduría que eliminen cuellos de botella y comparta datos operativos con clientes y autoridades, reducirá riesgos y costos financieros. Y quien alinee sus proyectos a la agenda de infraestructura y transición energética de la región, asegurará demanda a largo plazo.
Sustituir importaciones de Asia —cifradas en decenas de miles de millones de dólares— no es un giro de timón inmediato, pero es alcanzable si se convierte en política industrial de bloque. El T-MEC ya demostró que integrar funciona: más empleo, más inversión y cadenas más fuertes. La oportunidad ahora es pasar de la defensa reactiva a la estrategia: usar la presión externa como catalizador para producir más y mejor acero en casa, con reglas modernas y visión compartida.
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